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Los Muertos Mandan

que era incapaz de solicitar unpréstamo de sus amigos del
Casino, aceptaba el dinero de Toni enmomentos difíciles,
dinero del que no parecía acordarse más elcontrabandista.
Al encontrarse se estrecharon la mano. «¿Has estado en
Valldemosa?...»Toni sabía ya su viaje, gracias a la facilidad
con que circulan las másinsignificantes noticias en el
ambiente monótono y calmoso de una ciudadprovinciana
ávida de curiosidades.
—Algo más cuentan—dijo Toni en su mallorquín de
campesino—, algo queme parece mentira. ¿Dicen que te
casas con la atlota de don BenitoValls?
Febrer, admirado de que se supiesen tan pronto sus
propósitos, no seatrevió a negar. Sí, era cierto. Sólo a Toni
quería confesarlo.
El contrabandista hizo un gesto de repulsión, al mismo
tiempo que susojos, acostumbrados a las mayores
sorpresas, revelaban asombro.
—Haces mal, Jaime; haces mal.
Lo decía gravemente, como si estuviera tratando un
asunto solemne.
El butifarra tuvo con aquel amigo una confianza que no
hubiera osadocon ningún otro...
—¡Pero si estoy arruinado, querido Toni! ¡Si nada de lo
que tengo en micasa es ya mío! ¡Si los acreedores sólo me
respetan por la esperanza deeste matrimonio!...
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