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Los Espectros-- Novelas Breves

barro, hería nerviosamente el suelo, como siquisiera acelerar la marcha del tranvía,
que avanzaba muy despacio. Nadade esto se le había escapado a Mitrofan Vasilich
Krilov, que poseía eldon de la observación. Iba de pie en la plataforma del tranvía,
frente ala muchacha. Por entretenerse, la contemplaba, un poco distraída yfríamente,
como una fórmula algebraica sencilla y muy conocida que sedestacase en la negrura
del encerado. En los primeros momentos, lacontemplación le divirtió, como a cuantos
miraban a la muchacha; peroeso duró poco, y no tardó en caer de nuevo en su mal
humor. No teníamotivos para estar contento. Al contrario. Volvía del liceo, donde
eraprofesor, cansado, con el estómago vacío; el tranvía estaba repleto, yno había
posibilidad de sentarse y leer el periódico. El tiempo eratambién execrable en aquel
terrible mes de noviembre; la ciudad era feay le disgustaba, así como toda aquella
vida, que no valía más que elbillete, desgarrado por un extremo, que llevaba en la
mano. Todos losdías hacía igual viaje: de su casa al liceo y del liceo a su casa.
Podíacontar los días por el número de billetes. Su vida era a modo de unalarga cinta
de billetes de tranvía, de la que se arrancaba uno cadaveinticuatro horas.
No tardó en cansarse de contemplar a la muchacha, y la hubiera olvidadosin
dificultad; pero se hallaba frente a él, y no podía menos demirarla de vez en cuando.
«Ha venido hace muy poco de la provincia—pensaba severamente—. ¿A
quédiablos vienen aquí? Yo, por ejemplo, abandonaría con mucho gusto estamaldita
ciudad y me iría a cualquier rincón. Naturalmente, ella se pirrapor las conversaciones,
por las discusiones; tiene sus ideas políticas ysociales. No estaría de más que se
cuidase un poco del arreglo de supersona; mas no tiene tiempo de ocuparse en cosas
tan mezquinas: ¡debesalvar a la humanidad! Es lástima, sobre todo siendo tan bonita.»
La muchacha advirtió las miradas severas de Krilov, y se turbó. Se turbóde tal
modo, que la sonrisa desapareció de su rostro y fue reemplazadapor una expresión de
miedo infantil, mientras su mano izquierda, con unmovimiento instintivo, se dirigía
hacia su pecho, como si llevase algoescondido en el corsé.
«¡Tiene gracia!—se dijo Krilov, volviendo a otro lado los ojos ytratando de dar a su
rostro una expresión de indiferencia—. Le danmiedo mis gafas azules; todas estas
muchachas están seguras de que unhombre con gafas azules es un espía... Lleva
probablemente proclamasescondidas en el corsé. En otro tiempo, las muchachas
escondían cartasamorosas; ahora son proclamas y boletines revolucionarios lo
queesconden. ¡Boletines! ¡Qué palabra más estúpida!»
Dirigió de nuevo, a hurtadillas, una mirada a la muchacha, y volvió enseguida los
ojos. Ella le miraba, como mira un pájaro a una serpienteque se acerca, y apretaba la
mano contra su costado izquierdo. Krilov seincomodó.
«¡Qué estúpida es! Me toma por un espía, a causa de mis gafas azules.
Nocomprende que un hombre puede llevar gafas azules por estar enfermo dela vista.
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