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Los Espectros-- Novelas Breves

—¡Semen Vasilievich!—pronunció con cierta dignidad, Kotelnikov.
—Pero Semen Vasilievich, ¿le gustan a usted las negras?
—Sí, me gustan mucho.
El subjefe miró con ojos de pasmo a todos los empleados sentados a lamesa, y soltó
la carcajada:
—¡Ja, ja, ja! ¡Le gustan las negras! ¡Ja, ja, ja!
Y todos se echaron a reír, incluso el grueso y enfermizo Polsikov, queno se reía
nunca. El mismo Kotelnikov se rió, un poco confuso, yenrojeció de gusto; pero al
mismo tiempo le asaltó un ligero temor: elde que aquello le causase disgustos.
—¿Lo dice usted seriamente?—preguntó el subjefe cuando acabó dereírse.
—¡Y tan seriamente! Hay en las mujeres negras un gran ardor y algo...exótico.
—¿Exótico?
Se echaron de nuevo a reír; pero al mismo tiempo todos pensaron queKotelnikov
era seguramente un hombre listo e instruido, cuando conocíauna palabra tan extraña:
«exótico». Luego empezaron a discutir,asegurando que no era posible que gustasen
las negras; además de sernegras, tenían la piel como cubierta de barniz, y los labios
gruesos, yolían mal.
—¡Y, sin embargo, me gustan!—insistió modestamente Kotelnikov.
—¡Allá usted!—dijo el subjefe—. Yo, por mi parte, detesto a esasbestias color de
betún.
Todos sintieron una especie de satisfacción al pensar que había entreellos un
hombre tan original que se pirraba por las negras. Con estemotivo, los comensales de
Kotelnikov pidieron seis botellas más decerveza. Miraban con cierto desprecio a las
otras mesas, en las que nohabía un hombre de tanta originalidad.
Las conversaciones terminaron. Kotelnikov estaba orgullosísimo de supapel. Ya no
encendía él sus cigarrillos, sino que esperaba a que elcriado se los encendiese.
Cuando las botellas de cerveza estuvieron vacías, se pidieron otrasseis. El grueso
Polsikov dijo a Kotelnikov en tono de reproche:
—¿Por qué no nos tuteamos? Ya que desde hace tantos años trabajamosjuntos...
—¡No tengo inconveniente! ¡Con mucho gusto!—aceptó Kotelnikov.
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