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Los Espectros-- Novelas Breves

A no ser por el que le hacía ver las estrellas, hubiera podido gritarcomo los demás,
quizá más fuerte aún. Al pensar en esto, se hizo máscruel su sufrimiento, y Ben-Tovit
empezó a balancear furiosamente lacabeza y a lanzar gritos.
—Cuentan que curaba a los ciegos—dijo su mujer, que no se apartaba dela
barandilla ni dejaba de mirar abajo.
Y tiró una piedrecita al sitio por donde pasaba Jesús, que avanzabalentamente,
medio muerto ya a latigazos.
—¡Tonterías!—respondió Ben-Tovit con acento burlón—. ¡Si posee, enefecto, el
don de curar, que me cure a mí el dolor de muelas!
Y tras un corto silencio añadió:
—¡Dios mío, qué polvareda han levantado! ¡Ni que fueran un rebaño!Debían de
echarlos a palos. ¡Llévame abajo, Sara!
Su mujer tenía razón. El espectáculo le había distraído un poco, o quizáel estiércol
pulverizado le había aliviado. El caso es que no tardó endormirse. Cuando se
despertó, el dolor había desaparecido casi porcompleto; sólo el lado derecho de la
mandíbula parecía ligeramentehinchado; tan ligeramente, que apenas se notaba. Al
menos, así loaseguraba su mujer. Ben-Tovit, escuchándola, sonreía
maliciosamente;bien sabía que a su mujer, por su bondad de corazón, le gustaba
decircosas agradables.
Un rato después llegó su vecino, el peletero Samuel. Ben-Tovit le enseñósu nuevo
asno, y, lleno de orgullo, escuchó los plácemes de Samuel apropósito del cuadrúpedo.
Después, a ruegos de Sara, que era muy curiosa, se dirigieron los tresal Gólgota, a
ver a los crucificados. Por el camino, Ben-Tovit refirió aSamuel, sin omitir detalles,
cómo había tenido dolor de muelas, cómosintió al principio la molestia en el lado
derecho de la mandíbula, cómose había despertado al amanecer, atacado, súbitamente,
de un dolorinsoportable. Para dar una idea más exacta de sus sufrimientos,
hacíamuecas, cerraba los ojos, balanceaba la cabeza y gemía. Su vecinoasentía
compasivamente, acariciando su larga barba blanca, y decía:
—¡Dios mío! ¡Es terrible!
A Ben-Tovit le complacía observar que Samuel apreciaba toda laintensidad de sus
sufrimientos recientes. Refirió por segunda vez cuantole había sucedido. Después
recordó que hacía ya mucho tiempo habíatenido un dolor de muelas, pero en el lado
izquierdo de la mandíbulainferior.
Así, en conversación animada, subieron al Gólgota. El sol, condenado aalumbrar el
mundo durante aquel día terrible, se había ya ocultado traslas colinas lejanas. En el
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