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Los Espectros-- Novelas Breves

MARCIO.(Levantando con desesperación los brazos al cielo.)—¡Oh,dioses! ¡Para
pegarnos! ¿Y quién dice eso? Un sabino, un amigo de lasleyes, un puntal del orden,
un modelo, único en el mundo, de lealtad. Medan vergüenza las palabras que acaban
de ser pronunciadas. Cuadrarían enboca de un bandido romano que roba las mujeres
ajenas.
—Proserpinita...
MARCIO.—¿Queréis no fastidiarnos más con vuestra Proserpina? Se trataaquí de
una cuestión de principios... Veo, señores, que la espantosapérdida ha eclipsado
vuestra memoria, y voy a refrescar vuestrosrecuerdos. Tenemos necesidad de
músculos fuertes para poder llevar, eldía en que al fin conozcamos la dirección de
nuestras mujeres y de susraptores, los pesadísimos volúmenes del código civil, las
colecciones delas leyes y las resoluciones del Senado, así como los
cuatrocientostomos escritos con motivo de nuestro asunto por los sabios juristas,
enlos que se prueba, con una claridad meridiana, la ilegalidad del actoque los romanos
cometieron. No echéis en olvido, señores sabinos, quenuestra única arma es la ley,
nuestro derecho y nuestra concienciatranquila. Demostraremos a los romanos, sin que
haya lugar a dudaalguna, que son unos raptores, y a nuestras pobres mujeres, que
fueronraptadas de un modo por completo ilegal. Hasta el Cielo se estremeceráde
indignación. Y—¡congratulaos, señores sabinos!—ahora, por fin,podemos acometer
nuestra gran empresa, porque tenemos la direcciónexacta. ¡Miradla!
(Blande la carta. Los sabinos se empinan sobre las puntas de los piespara ver
mejor.)
MARCIO.—¡Miradla! Una carta certificada que firma «Un raptorarrepentido». El
autor dice en ella que tiene remordimientos deconciencia por su mala acción; jura que
no raptará ya más mujeres, ypide perdón humildemente. La firma no es legible; sobre
ella hay unagran mancha, que proviene, sin duda, de las lágrimas derramadas sobre
elpapel por el autor arrepentido. Entre otras cosas, escribe que nuestraspobres mujeres
tienen destrozado el corazón.
—¡Proserpinita querida!
MARCIO.—¡Pero escuchadme! ¡Me interrumpís a cada palabra con
vuestroslamentos! Haceos cargo de que vuestra Proserpina es cosa secundariacuando
se trata del triunfo del derecho. Mientras, los demás nosdisponemos a la gran batalla
en pro del derecho y la justicia—batallaen que acaso perdamos la vida—, vos sólo
pensáis en vuestra Proserpina.En nombre de la honorable asamblea, condeno vuestra
conducta... ¡Bueno,señores, preparémonos! ¡Acatad mis órdenes! ¡Alineaos en
filasregulares! ¡Pero más aprisa, vamos! ¡Eh, cuidado, os dicen que osvolváis a la
derecha y os volvéis a la izquierda! Y ya es hora de quedistingamos entre la izquierda
y la derecha.
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