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Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis

manifestación popular en favor de la paz, que equivalía áuna
protesta contra el gobierno. Los viejos republicanos en
luchaimplacable con el emperador, los compañeros de la
Internacional queacababa de organizarse, y gran número de
españoles é italianos huídos desus países por recientes
insurrecciones, componían el cortejo. Unestudiante melenudo y
tísico llevaba la bandera, «Es la paz lo quedeseamos; una paz
que una á todos los hombres», cantaban losmanifestantes. Pero
en la tierra, los más nobles propósitos rara vez sonoídos, pues el
destino se divierte en torcerlos y desviarlos. Apenasentraron en
la Cannebière los amigos de la paz con su himno y suestandarte,
fué la guerra lo que les salió al paso, teniendo que apelaral puño
y al garrote. El día antes habían desembarcado unos
batallonesde zuavos de Argelia que iban á reforzar el ejército de
la frontera, yestos veteranos, acostumbrados á la existencia
colonial, pocoescrupulosa en materia de atropellos, creyeron
oportuno intervenir en lamanifestación, unos con las bayonetas,
otros con los cinturonesdesceñidos. «¡Viva la guerra!» Y una
lluvia de zurriagazos y golpes cayósobre los cantores. Marcelo
pudo ver cómo el cándido estudiante quehacía llamamientos á la
paz con una gravedad sacerdotal rodaba envueltoen su
estandarte bajo el regocijado pateo de los zuavos. Y no se
enteróde más, pues le alcanzaron varios correazos, una
cuchillada leve en unhombro, y tuvo que correr lo mismo que
los otros.
Aquel día se reveló por primera vez su carácter tenaz,
soberbio,irritable ante la contradicción, hasta el punto de adoptar
las másextremas resoluciones. El recuerdo de los golpes
recibidos le enfureciócomo algo que pedía venganza. «¡Abajo la
guerra!» Ya que no le eraposible protestar de otro modo,
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