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Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis

—No—dijo ella con acento desfallecido, buscando una
últimaresistencia—. Además, estará allí tu secretario, ese
español que teacompaña. ¡Qué vergüenza encontrarme con él!...
Julio rió... ¡Argensola! ¿Podía ser un obstáculo este camarada
queconocía todo su pasado? Si lo encontraban en la casa,
saldríainmediatamente. Más de una vez lo había obligado á
abandonar el estudiopara que no estorbase. Su discreción era tal,
que le hacía presentir lossucesos. De seguro que había salido,
adivinando una visita próxima queno podía ser más lógica.
Andaría por las calles en busca de noticias.
Calló Margarita, como si se declarase vencida al ver agotados
suspretextos. Desnoyers calló también, aceptando
favorablemente susilencio. Habían salido del jardín, y ella
miraba en torno coninquietud, asustada de verse en plena calle
al lado de su amante ybuscando un refugio. De pronto vió ante
ella una portezuela roja deautomóvil abierta por la mano de su
compañero.
—Sube—ordenó Julio.
Y ella subió apresuradamente, con el ansia de ocultarse cuanto
antes. Elvehículo se puso en marcha á gran velocidad. Margarita
bajóinmediatamente la cortinilla de la ventana próxima á su
asiento. Peroantes de que terminase la operación y pudiera
volver la cabeza, sintióuna boca ávida que acariciaba su nuca.
—No; aquí no—dijo con tono suplicante—. Seamos serios.
Y mientras él, rebelde á estas exhortaciones, insistía en
susapasionados avances, la voz de Margarita volvió á sonar
sobre elestrépito de ferretería vieja que lanzaba el automóvil
saltando sobre elpavimento.
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