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Los Argonautas

delvacunador. El primer oficial, secundado por los ayudantes de
lacomisaría, organizaba el desfile, cuidando de que todos,
después dearremangarse el brazo, presentasen con la otra mano
el papel de supasaje.
El acto de la vacunación era a la vez un recuento. Al partir
deTenerife, última escala del viejo mundo, empezaba el gran
viaje; nadiehabía de entrar en el buque hasta América, y la
comisaría necesitabaconocer el número de las gentes que iban a
bordo. Los marinerosrecorrían los sollados, los obscuros
pasadizos, las bodegas, hasta losmás apartados rincones, en
busca de viajeros ocultos empujando a losfugitivos que
pretendían evitarse esta operación.
Los oficiales alemanes llamaban a cada momento para dar sus
órdenes a unempleado de la comisaría, hombre grueso y de
bigotes canos que seexpresaba en distintos idiomas, pasando de
uno a otro con asombrosafacilidad. Maltrana y él se saludaron
afectuosamente.
—Ése es don Carmelo—dijo Ojeda—, un compatriota nuestro.
Habla todaslas lenguas de Europa; además el árabe, y creo que
un poco de japonés. Ycon toda su sabiduría aquí le tiene usted
ganando unos cuantos marcos,sin otra satisfacción que ostentar
una gorra de uniforme y que losemigrantes le llamen oficial. Le
busco todos los días en su despacho,que está abajo, siempre con
la luz encendida, y charlamos de lo queocurre en el buque. ¡Qué
hombre! Ahí donde le ve, hizo sus estudios enMálaga, él solito,
yendo por el puerto de barco en barco y diciendo atodo marino
que encontraba aburrido: «Vamos a echar un párrafo en
suidioma, compañero».
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