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Los Argonautas

dos en el estremecimiento dela admiración. Prometeo está
encadenado a la roca, y en torno de él,chapoteando las olas, las
clementes oceánidas, las ninfas del mar, seapiadan del suplicio
del héroe. «¿Qué has hecho, desgraciado, para queasí te
castiguen los dioses?» «He enseñado a los mortales a que
nopiensen en la muerte» contesta Prometeo. «¿Y cómo lo
conseguiste?» «Leshe hecho conocer la ciega esperanza».
Y durante miles y miles de años reinaba sobre el mundo la
divinidadbenéfica y consoladora que el héroe sombrío había
dado a los humanos,pagando esta generosidad con el tormento
de sus entrañas rasgadas por eláguila, «perro alado de Zeus».
Ella conducía los rebaños de hombres enarmas; ella había
aleteado ante las proas de los descubridores; ellaconmovía con
su paso quedo el silencio cerrado donde meditan sabios
yartistas; ella guiaba las muchedumbres ansiosas de bienestar y
amplioemplazamiento que se descuajan de un hemisferio para ir
a replantarse enel otro.
Fernando la vio; la vio venir, con sus ojos entornados, por
encima delazul del mar, como una burbuja de oro desprendida
del sol, como unharapo de luz que acabó por detenerse sobre el
filo de la proa, lo mismoque las imágenes divinas que adornaban
las naves de los primerosargonautas.
Sus alas se tendían majestuosas en el éter como velas
cóncavas; sutúnica arremolinábase atrás, en pliegues
armoniosos, impelida por elviento. Era igual a la Victoria de
Samotracia, y lo mismo que a ella, lefaltaba la cabeza.
Por esto acabó de conocerla Ojeda. Ella no piensa, ella no
tiene ojos...
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