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Los Argonautas

Habituados al suave balanceo de la cama, al movimiento de
péndulo de lasropas colgantes, al desnivel alternativo del piso, al
escurrimiento delos objetos sobre mesas y sillas, como algo
natural de esta existenciaoceánica, sintieron todos cierta
angustia viendo entrar cuanto lesrodeaba en rígida inmovilidad.
El oído, acostumbrado al roce incesantede las espumas en los
costados del buque, al estremecimiento de laatmósfera cortada
por el impulso de la marcha, al lejano zumbido de lasmáquinas
extendiendo su vibración por los muros y tabiques delgigantesco
vaso de acero, acogía ahora con extrañeza este
silenciorepentino, absoluto, abrumador, como si el buque flotase
en la nada.
Adivinábase la presencia, más allá de los tragaluces de los
camarotes,de algo extraordinario. El aire era menos puro, sin
emanaciones salinas,con bocanadas de agua en reposo que olían
a marisco en descomposición, yjunto con esto un lejano perfume
de selva brava.
Corrió la gente a las cubiertas casi a medio vestir, y sus
ojos,habituados al infinito azul, tropezaron rudamente con la
visión de lastierras inmediatas, costas negras cubiertas hasta la
cima de bosqueslustrosos, de un verde tierno, como si acabase
de lavarlos la lluvia.
A ambos lados del buque alzábanse las montañas que guardan
la entrada dela bahía de Río Janeiro. A popa, el mar libre
quedaba casi ocultodetrás de unas islas peñascosas con faros en
sus cumbres. Frente a laproa, la bahía enorme estaba
enmascarada por el avance de pequeños cabosque parecían
cerrar el paso.
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