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Los Argonautas

La brisa fresca que veníade proa ahuyentaba el temido calor.
Magnífico día para el paso de lalínea.
A las once circuló una noticia que hizo salir de sus camarotes
a losperezosos y llenó en poco tiempo las cubiertas. Se veía
tierra... Ytodos corrieron al lado de babor con vehemente
curiosidad, como sidesearan saciar sus ojos en un fenómeno
inaudito. ¡Tierra!... Estapalabra evocaba algo lejano que había
existido en otros tiempos, y quela gente, acostumbrada a la
soledad oceánica, consideraba ya comoirreal.
Buscaban muchos esta tierra en la extensión gris con la simple
mirada, ysólo después de largos titubeos llegaban a distinguir un
pequeño borrónnegro, una línea ondulosa y corta que parecía
flotar sobre las aguascomo un montón de basura. Era la Roca de
San Pablo, aglomeración depiedras basálticas en mitad de la
línea equinoccial; pedazo de tierradiminuto olvidado por las
convulsiones volcánicas y que seguíaemergiendo audazmente
entre África y América, sin fauna, sin flora,yermo y maldito en
las soledades del Océano, lejos de todo paíshabitado.
—El único lugar de la tierra que no tiene dueño—dijo el
doctor Zuritaen un grupo—. La única isla que no ha tentado la
codicia de nadie...Cómo será, que ni a los ingleses se les ha
ocurrido plantar en ella subandera.
Apuntábanse las filas de gemelos a lo largo de la borda, y en
elredondel de sus oculares aparecía un amontonamiento de rocas
flanqueadopor otras sueltas en forma de islotes; pedruscos
negros, rugosos, querecordaban la piel de los paquidermos, y en
torno de los cualeslevantaba la resaca enormes rociadas de
espuma. El mar tranquiloalterábase al tropezar con este
obstáculo inesperado. Se adivinaba laexistencia de cavernas
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