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Los Argonautas

repelía, siguiendoel balanceo del buque, largo, suave, apenas
perceptible.
Era en la tarde, después del almuerzo, cuando desaparecían
muchospasajeros, adormecidos y abrumados por el calor,
buscando continuar lasiesta en el camarote bajo el soplo de los
ventiladores. Otros, temiendoencerrarse entre los tabiques de
acero, permanecían tendidos en lossillones de las cubiertas, bajo
la azulada sombra de las lonas,esperando los leves e
intermitentes soplos de la brisa sobre el pescuezosudoroso, en
torno del cual se arrugaba el cuello de la camisa como untrapo
mojado. Sonaban penosos ronquidos, respiraciones
jadeantes,cortando con su estertor animal el augusto silencio de
la tarde.
Parecía recogerse el mar, adormecido igualmente, sin otro
rumor que eldel roce de sus espumas en los flancos del navío.
Un crujir de pasossobre la madera hacía entreabrir algunos ojos,
que tornaban a cerrarseapenas se alejaba el paseante importuno.
Los gritos de los niños en lacubierta alta, jugando insensibles al
sol y al calor, sonaban conextraordinario eco, recordando el
vocerío de la chiquillería en la plazablanca de un pueblo
meridional a la hora de la siesta.
Todos los habitantes del buque sentían después del almuerzo
unatendencia al sueño, abrumados por el caliginoso ambiente
entorpecidospor una elaboración pesada, anonadados y felices al
mismo tiempo por lasvoluptuosas contracciones del tubo
digestivo en plena tareaasimilatoria. Era el momento—según
Maltrana—de la gran pureza. Los queen otras horas del día
rondaban por cerca de las faldas, con miradasinvitadoras y
palabras insinuantes, permanecían tendidos en lascubiertas. Los
que a la caída de la tarde parecían reanimarse con labrisa y se
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