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Los Argonautas

ventanas quecerraban la perspectiva. Al otro lado de los
cristales, ligeramenteturbios por la humedad exterior, movíase,
pasando de una a otra ventana,con lento balanceo, una especie
de columna, esbelta, amarilla, deinvisible término,
acompañándola fieles en este cambio de situación,regular y
acompasado como el de un péndulo, unas líneas negras
yoblicuas semejantes a cuerdas.
Todo estaba lo mismo que una hora antes, cuando el té
humeaba en la tazade Ojeda, ahora vacía, y blanqueaban sobre
la mesa los pliegos,cubiertos al presente de compactas líneas.
Las personas cercanas a élfumaban silenciosas o seguían sus
conversaciones con lentitudsoñolienta. Del fondo del segundo
salón llegaban, confundidos con risasde mujeres y choque de
bandejas, los tecleos del piano y los gemidos delos violines; del
techo, coloreado a la vez por el reflejo azul de latarde y el frío
resplandor de las ampollas eléctricas, descendíangorjeos de
pájaros, como una evocación campestre que parecía animar
laartificial rigidez del jardín contrahecho. Por la parte exterior
sedeslizaban de ventana en ventana los bustos de unos
paseantes, siemprelos mismos, ocultándose para volver a
aparecer con regularidad casimecánica; como si se moviesen en
un espacio reducido, con los pasoscontados. Niños rubios,
sostenidos por criadas cobrizas, adherían a loscristales las
rosadas ventosas de sus labios, empañándolos con círculosde
vaho, y agitaban las manecitas para saludar a las madres y
hermanasque estaban en los salones.
Algo nuevo había sobrevenido, sin embargo, mientras Ojeda
escribía. Susillón, antes inmóvil, con sólida estabilidad, parecía
agitado porestremecimientos nerviosos, lo mismo que una bestia
que jadea afirmadasobre sus patas. La raza, como si la animase
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