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Los Argonautas

los rectángulosde las ventanas que encuadraban el azul grisáceo
de un día de invierno.La blancura de la madera laqueada
temblaba con cierto reflejo húmedo queparecía venir del
exterior. Dos salones agrandados por la escasez de sualtura eran
el campo visual de Ojeda. En el primero, donde estaba
él,mezclábase a la blancura uniforme de la decoración el verde
charolado delas palmeras de invernáculo, el verde pictórico de
los enrejados demadera tendidos de pilastra a pilastra y el verde
amarillento y velludode unas parras artificiales, cuyas hojas
parecían retazos de terciopelo.Sillones de floreada cretona en
torno de las mesas de bambú formabanislas, a las que se acogían
grupos de personas para embadurnar conmanteca y mermeladas
el pan tostado, husmear el perfume del té o seguirel burbujeo de
las aguas minerales teñidas de jarabes y licores.
Camareros rubios de corta chaqueta azul y botones dorados
pasaban conla bandeja en alto por los canalizos de este
archipiélago humanosorteando los promontorios de los
respaldos, los golfos y penínsulasformados por las rodillas. Una
vidriera, de pared a pared, formada depequeños cristales
biselados, dejaba ver el salón inmediato, blancotambién, pero
con adornos de oro. Los asientos tapizados de seda rosa,igual a
la que adornaba los planos de las paredes, estaban ocupados
porseñoras. El ambiente era más limpio que en el jardín de
invierno, dondeuna atmósfera de humo de habano y tabaco
oriental con perfume de opioflotaba sobre las plantas. Más allá
de estos corros femeninos en tornode las mesas de té, media
docena de músicos, uniformados lo mismo quelos camareros,
agrupábanse sobre una tarima, alrededor de un piano decola. Sus
cabezas rubias de germanos y los arcos de sus
violinesdestacábanse sobre los rectángulos luminosos de cuatro
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