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Los Argonautas

A las diez de la mañana iban colocando los músicos sus atriles
al finalde la cubierta, entre el fumadero y una barandilla, sobre
la explanadade popa. Ensanchábase el paseo en este lugar,
ofreciendo el aspecto deuna terraza de café con mesas al aire
libre y arbolillos redondosplantados en cajones verdes.
Rompía a tocar la banda una «Marcha granadera» del tiempo
de Federico elGrande, con estruendosos alaridos de trompetería,
y poco a poco la genteiba poblando el paseo.
El buque, húmedo, sombreado, limpio, parecía sonreír como
un dormilónque se despabila con las frías abluciones matinales.
Desde mucho antescaminaban los madrugadores por la azulada
penumbra de la cubierta,saludándose al paso y comunicándose
noticias de la noche anterior.Algunos, vestidos con pijamas o
medio desnudos bajo un largo gabán,descendían del gimnasio y
se deslizaban rápidamente en busca de suscamarotes.
Aparecían las primeras señoras, yendo tras breve paseo a
arrellanarse enlos sillones. Bandas de muchachos aprovechaban
la ausencia de losmayores para hacer suya toda la cubierta.
Niñeras de diversanacionalidad, con una criatura al brazo,
formaban amigables grupos,mirándose sonrientes sin
entenderse. Otras empujaban cunas con ruedas,en cuyo interior
una cabeza abultada, de suaves cabellos, aparecía mediodormida
entre puntillas y lazos. Una tropa de niños con fusiles de
latóndaba la vuelta al buque, golpeando el húmedo entarimado
con marcialespatadas. Eran rubios, morenos o bronceados,
mostrando en la variedad desus tipos la amalgama étnica del
continente americano, en el que suspadres les habían hecho
nacer. Un hijo de doctor Zurita, que iba alfrente sable en alto
marcando el paso, gritaba con el imperio de unacasa triunfadora:
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