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Los Argonautas

Los argonautas
Vicente Blasco Ibáñez
I
Al sentir un roce en el cuello, Fernando de Ojeda soltó la
pluma ylevantó la cabeza. Una palmera enana movía detrás de él
con balanceorepentino sus anchas manos de múltiples y
puntiagudos dedos. Paraevitarse este contacto avanzó el sillón
de junco, pero no pudo seguirescribiendo. Algo nuevo había
ocurrido en torno de él mientras con elpecho en el filo de la
mesa y los ojos sobre los papeles huía lejos, muylejos,
acompañado en esta fuga ideal por el leve crujido de la pluma.
Vio con el mismo aspecto exterior cosas y personas al salir de
suabstracción; pero una vida interna, ruidosa y móvil parecía
haber nacidoen las cosas hasta entonces inanimadas, mientras la
vida ordinariacallaba y se encogía en las personas, como poseída
de súbita timidez.
Sus ojos, fatigados por la escritura, huían de las ampollas
eléctricasdel techo, inflamadas en plena tarde, para reposarse en
 
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