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Liette

El Correo estaba así guardado entre el órgano de la ley y susdefensores.
En la calle se agrupaba el «alto comercio», del pueblo: merceros,tenderos de
comestibles, carniceros y taberneros; y después una largafila de cabañas bajas y
ahumadas, apretadas las unas contra las otrascomo pájaros frioleros, y separadas de
vez en cuando por las altastapias y la puerta cochera de alguna granja rica, que hacía
más sensibletodavía la miseria de sus humildes vecinas.
Más allá el campo con sus verdes praderas, sus dorados trigos y susbosques
frondosos, y, mucho más allá, en un marco de vegetaciónexuberante, un castillo
señorial con sus ladrillos rojos, sustorrecillas de pizarra que brillaban al sol saliente,
sus ventanasojivales y sus balcones de hierro forjado, como esas joyas
delRenacimiento que esmaltan las orillas del Loira.
Estábase sin embargo lejos de allí, y todo lo más, hubiérase podido verlas orillas del
Oise, pues era en este departamento donde se encontrabael castillo de Candore y el
pueblo del mismo nombre y donde JulietaRaynal acababa de ser nombrada empleada
de Correos con mil doscientosfrancos de sueldo.
El campo dormido estaba envuelto en una ligera bruma como un velo dedesposada,
y la joven pensaba en el tiempo pasado con la mirada perdidaen el horizonte y la
mejilla apoyada en la mano.
Allá, en lo más lejano de sus recuerdos, veía el patio de la casa mora,muy largo,
muy largo, un vasto desierto que atravesar para suspiernecitas... Y Julieta permanecía
temerosa, agarrada a la falda de sumadre, mientras que en el otro extremo un hombre,
con las manosextendidas, sonriendo bajo su fino bigote y dulcificando la
vozacostumbrada al mando, le gritaba:
—Valor, Liette.
Entonces, a la llamada de «papá,» la niña, dejando el refugio materno,se lanzaba
tambaleándose por el patio, vacilando en los primeros pasos,pero sostenida por el
acento firme y tierno del soldado que repetía:«Valor, Liette» y se arrojaba sobre su
gruesa bota que enlazabaestrechamente entre sus brazos.
Recordaba después la alegría de ser levantada como una pluma yestrechada contra
el uniforme bordado de oro, y de sentir en la frente yen el cuello el cálido beso del
joven padre.
—¡Bien, Liette, eres valiente...
Después su infancia errante por las guarniciones, recorriendo la Franciay las
colonias, del Norte al Mediodía, del Este al Oeste, marcando cadaetapa por un galón
más.
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