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Las Solteronas

torbellino—la encontré enredadaen las bridas de su cofia de
dormir, y tratando de sujetársela en lacabeza del modo que
convenía a la solemnidad de las circunstancias.
La abuela es aficionada a la etiqueta—con E mayúscula, como
ella laescribe,—y, para ella, estaba yo faltando a las más
elementalesconveniencias al anunciarle sin más ceremonia el
alba de mivigésimasexta primavera.
¡Ay! jamás he podido aprender la calma, esa calma de las
tropasveteranas de que habla sin cesar mi primo el comandante
Harmel.
—¿Felicitarte?—articuló por fin la abuela, besándome con
todo sucorazón, mientras que su gorro se caía decididamente
alsuelo.—¿Felicitarte?... Verdaderamente, señora nieta, no veo
por qué.
¡Adiós mi dinero!
Aquel «señora nieta» me indicaba que la aurora de mi
vigésimasextaprimavera iba a conocer la reprimenda de que
fueron testigos sushermanas mayores y que era preciso prestar
un oído atento y sumiso a losconsejos matrimoniales de la
abuela.
—Sí—continuó, persiguiendo su idea y la colocación del gorro
fugitivoen sus hermosos cabellos blancos,—sí, por mucho que
busco, no veo nadaparticularmente glorioso en el hecho de tener
veinticinco años.
—Abuela—respondí afectando una expresión
escandalizada,—a losveinticinco años es cuando aparece
solamente la segunda y durable graciade la fisonomía...
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