menos de muchas impertinencias y molestias. A fuerza
desúplicas logré que aquellos señores entraran en mi casa y
esperasen lallegada del juzgado, que se presentó a las dos de la
madrugada.
Pepe estaba en el descansillo de la escalera tendido poca
arriba: habíadejado el bastón apoyado en la pared: el sombrero
debió de tirarloporque se halló en el tramo de abajo: se disparó
en la sien derecha, enla cual se veía un agujero muy pequeño de
donde manaba un hilo de sangreque se escurría metiéndose entre
la camisa y el cuello... ¡Qué cosa tanhorrible!
El juez me molestó poco: primero por la explicación que le
hicieronaquellos caballeros, y además... se me figura que le
gusté.
Ya ve usted que no tuve la culpa de que el vizconde se matara,
como nopude vencer la aversión que me inspiró desde que supe
quien era. Ni meamó nunca ni yo a él... No hubo traición.
Después Enriqueta se quedó un instante ensimismada, y luego,
de pronto,pasándose ambas manos por el rostro, acabó diciendo
con la vozimpregnada de amargura y cinismo:
—Gastó mucho conmigo... ¿Y qué? Ya se sabe: las que
vivimos así somoslas predestinadas para devolver a la
circulación lo mal ganado.
No hay palabras con que expresar el conjunto de impresiones
queexperimentó Emilia viendo morir a su marido casi
