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Gatsby
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—Yo creo que sí. Creo que estas voces ásperas se irían suavizando pocoa poco y
que las mesas de los cafés no recibirían tantos puñetazos.Creo, en fin, que cambiarían
ustedes el alma española. Siempre,naturalmente, que los millones no se quedaran
todos en algunos bolsillosparticulares...
Hay muy poco dinero en España. Poco y malo. El primer tendero a quien ledoy un
duro lo coge y lo arroja diferentes veces sobre el mostrador conuna violencia terrible.
Yo hago votos para que, si no es de plata, sea,por lo menos, de un metal muy sólido,
porque, si no, el tendero me loromperá. La prueba resulta bien; pero al tendero no le
basta. Con un ojoescudriñador y terrible que parece salirse de su órbita
examinadetenidamente las dos caras del duro. Luego vuelve a sacudirlo y, porúltimo,
lo muerde. Lo muerde con tal furia que debe de mellarlo. Y elduro triunfa.
España es el país del mundo en donde un duro tiene más importancia.Claro que el
gesto de coger un duro y echarlo a rodar despectivamentesobre la mesa para que el
camarero lo recoja es un gesto muy español;pero ese gesto no le quita prestigio al
duro, sino que se lo añade.
—He aquí un duro—parece decir el hombre que va a echarlo a rodar—.¿Conciben
ustedes nada más grande que un duro? Si yo no tuviera un almaheroica y caballeresca,
ante la cual carecen de poder las sugestiones dela fortuna, yo depositaría este duro
sobre la mesa tomando para elloprecauciones infinitas a fin de que no se rompiese, o
bien se loentregaría al camarero en propia mano, religiosamente, como si setratara de
un rito. Pero yo desprecio los bienes terrenales, y no mepreocupo del porvenir. ¿Ven
ustedes este duro? Pues ahí va...
Y hecho esto, el hombre aguarda la vuelta, cuenta las perras gordas unapor una y se
las guarda en un bolsillo profundo...
Poco dinero y malo. Hombres furiosos. Señoras gruesas, siempresofocadas, o por el
calor o por los berrinches, que se abanicanconstantemente. Muchos curas. Muchos
militares... Grandes partidas dedominó y de billar. Cuestiones de honor. Toros.
Juergas. Broncas. Nubesde limpiabotas, de vendedoras de décimos de la Lotería, de
gitanas quedicen la buenaventura, de músicos ambulantes, de ciegos, de cojos,
deparalíticos... Indudablemente, España no ha cambiado. Y es posible quenosotros
mismos no hayamos cambiado tampoco.
II
EL TEMPLO DE LA ETERNIDAD
 

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