Y, en efecto, parece que están hablando. El artista ha dispuesto sugrupo como si
fuera a hacer una instantánea al centésimo de segundo.Aquí las personas mayores.
Los niños delante y en pie. Esta cabeza unpoco más a la derecha... ¡Clik!...
Don Ramón aparece sentado en un banco sobre el cual ha dejado unosguantes de
mármol y una chistera del mismo material. Tiene unas botas decartera cuyo precio en
mármol ignoro, pero que, en cabritilla otafilete, ha debido oscilar alrededor de las
veinticinco pesetas. Estasbotas no han llevado nunca tapas ni medias suelas;
conservan todos susbotones, y, probablemente, son unas botas recién estrenadas. En
cuantoa la chistera, de mármol, como hemos dicho, es maciza, y seguramente nopesa
menos de treinta kilos. ¿Cómo se las arreglaría el poeta, yaanciano y sin fuerzas, para
saludar con un instrumento tan pesado?
No se indigne el autor del monumento por estos cálculos que yo hagosobre la
densidad de la chistera campoamorina. O somos realistas, o nolo somos. Uno no
puede, a voluntad del artista, fijar su atención entales detalles y apartarla de tales
otros. El autor parece haber puestoun gran interés en hacernos observar que las botas
del poeta tienen seisbotones cada una. ¿Cómo podrá luego pasarnos inadvertido el
peso deaquella chistera tan ostensible? Y además, ¿qué hace allí aquellachistera, ya
que el poeta está descubierto?
Si la escultura representa la eternidad, puede decirse que D. Ramón deCampoamor
ha entrado en ella como si no fuera a permanecer más que unosbreves instantes. Ha
entrado de paso en la eternidad, con unas botas decartera, y ha dejado al alcance de la
mano, para cuando llegue elmomento de retirarse, su chistera de mármol y sus
guantes del mismomaterial. A mí me da la idea de que ha ido en tranvía y de que está
allíun poco azorado, como en una visita de cumplido. Sus personajes—laanciana de la
cofia, la niña que tiene el pecho de cristal, etc.—lerodean, y según decía la
admiradora desconocida, parece que estánhablando. Parece que están hablando y
hablando en prosa, y esto es lomalo, porque en escultura no se debe hablar. Parecen,
en fin, un grupofotográfico de escultura Kodak.
Algunas veces yo había acariciado el propósito de ser un grande hombre,como
tantos otros; pero ahora he resuelto renunciar definitivamente asemejante idea.
Mientras la inmortalidad sea una cosa tan parecida a lavida corriente, y mientras en
ella deba uno preocuparse también delalmidonado de la tirilla, no creo que valga la
pena ser inmortal.
