ensayadoconmigo todos los procedimientos, desde el despertador de campana aljarro
de agua fría; pero el de la multa y el de la prisión erantotalmente inéditos. ¿Qué iba a
ser de mí si no me levantaba? Y todoporque en un momento de distracción me había
dejado atropellar por unautomóvil...
Le escribí al juez informándole de mis costumbres. «Además—le decía—,¿para qué
quiere usted ver mis heridas? Si están curadas, no vale lapena de que usted las vea, y
si no lo están, me será difícil abandonarla cama para ir a enseñárselas a usted. En
realidad de verdad, debocomunicarle a usted que mis heridas son bastante leves, por
lo cualespero que no me tratará usted con excesivo rigor. Me he dejadoatropellar, lo
reconozco; pero he procurado que me atropellasen lo menosposible, y mi delito no
tiene, por lo tanto, una gran importancia. En losucesivo, haré todo cuanto esté en mis
manos para que no vuelvan aatropellarme.»
Ignoro si esta carta llegó a poder del juez, pero yo recibí una segundacitación
mucho más conminatoria que la primera. Me vi ya en presidio. Mevi deshonrado para
toda la vida, y huí abandonando cuanto tenía entremanos.
Y luego de relatarle estos hechos al amigo que me los recordó, le dije:
—Desengáñate. Cuando en este país le atropellan a uno, no hay másremedio que
callarse. Si uno no se calla, los atropelladores, parajustificar el atropello, vuelven a
atropellarle. A veces le atropellan auno los chauffeurs. A veces, los ministros. Si
quieres que no teatropellen, yo sólo veo un camino para ti: el de que te conviertas, a
tuvez, en atropellador.
ANTES de la guerra europea no había cabarets en Madrid ni parecía quepudiese
nunca llegar a haberlos. Cuando varios hombres coincidían demadrugada en un
mismo restaurant, solían lanzarse unos contra otros enbatallas más o menos
descomunales. La juerga tenía entonces entrenosotros un sentido heroico que la
ennoblecía. Para tomarse una raciónde calamares pasadas las doce de la noche, hacía
falta un ánimo sereno,a más de un estómago excelente, y aunque algunos fisiólogos
sostienenque estas dos cosas van juntas y que el valor se deriva del
buenfuncionamiento gástrico, yo sé de muchísimas personas que se hanacostado con
hambre en Madrid, no por carecer de dinero, sino porcarecer de arrojo. Los dueños de
