—Sí—exclamó—, lo que voy a intentar sería culpable en
otracircunstancia de mi vida, pero no me es dado escoger, debo
salvar a todoprecio la vida de mi hija.
Eran las once de la noche cuando el coche en que viajaba el
intendentellegó a todo galope por el camino que conducía al
castillo y se detuvodelante de la puerta. Los caballos, fatigados
por aquella rápidacarrera, estaban jadeantes y cubiertos de
sudor. Mathys saltó al suelo yllamó; la puerta se abrió en
seguida.
—Veo luz en la ventana. ¿La señora está despierta todavía?
—Sí, señor, os está esperando—le respondieron.
A la vez que refunfuñaba con singular vivacidad, abrió la
puerta de lasala y, en vez de responder al saludo, al alegre
saludo y las preguntaspremiosas de la condesa, se dejó caer en
una silla exhalando un suspiro.
—¡Dios mío! ¿qué os pasa, mi buen Mathys?—exclamó la
condesa—, ¡quésudoroso y pálido estáis!
—Dejadme respirar, dejadme reponer del susto mortal que he
sentido.
—Hablad, os lo ruego. ¿Qué es lo que ha pasado? ¡Me hacéis
temblar,Mathys!
—Es cosa de temblar, señora; he estado a punto de ser
asesinado a unalegua de aquí.
—¡Asesinado! ¿Qué queréis decir?
