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Gatsby
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El aya le dió las llaves a Mariana, miró ansiosamente una vez
más a suhija con ansiedad y corrió al castillo temblorosa.
III
Cuando Marta entró en la sala, vaciló un instante, pero luego,
armándosede valor, golpeó suavemente a la puerta de la pieza.
—Entrad—respondió una voz en tono seco.
La señora de Bruinsteen estaba sentada en un sillón. Sus ojos
inflamadosparecían lanzar relámpagos; tenía, sin embargo, una
sonrisa en loslabios, una expresión de alegría sarcástica y
triunfante. Estabacontenta porque un acontecimiento inesperado
había entregado indefensa asus manos a aquella mujer a quien
odiaba. Al entrar la viuda murmuróalgunas palabras de disculpa;
pero la condesa no le dejó tiempo parahablar claramente y
exclamó en tono irónico:
—¡Ah, ah! ¿Estáis aquí? Vamos a ver, hipócrita, cobarde,
¿cuánto dineroos ha dado Federico para traicionarme? ¡Hasta
dónde puede llegar lafalsedad! La señora es modesta, instruída,
reservada; hay que medir laspalabras con ella, ¡es tan sensible!...
¡Y esta miserable ladrona vendeel honor de mi casa, por dinero!
¡Sí, sí! Atreveos a disculparos; soisuna desvergonzada; pero vos
misma habéis caído en vuestra celada. Nadapuede salvaros, se
acabó. Si no me contuviera os patearía como a unavíbora; pero
quiero contenerme; tengo curiosidad por ver qué
mediosridículos vais a emplear para eludir el castigo de vuestra
bajadebilidad. Hablad, sed breve; porque todo es inútil; dentro
de pocosminutos vuestra suerte se habrá fijado.
Marta unió las manos y dijo con voz suplicante, mientras las
lágrimascorrían por sus mejillas:
 

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