—Buena mujer, os equivocáis; deseo hablar al joven señor
Bergams.
—Es que no sé, no me atrevo—dijo la sirvienta con
desconfianza—. Elseñor está acostado todavía. ¿No podríais
esperar una media horita?
—No, os ruego que vayáis en seguida y digáis al señor
Federico que elaya del castillo de Orsdael ha venido a hablarle
de cosas importantes.
—¡El aya de la señorita de Bruinsteen!—exclamó la sirvienta
consorpresa—. ¡Oh, ya comprendo! Sí, sí, voy a llamarlo.
Sentaos, señora.Es preciso darle al menos tiempo para vestirse.
Mathys había pasado una mala noche. Aunque estuviera muy
agitado por losacontecimientos del día, la fatiga lo había sumido
en un pesado sueño,que no fué turbado hasta el otro día a la
mañana por espantosaspesadillas.
Cuando el sol se hubo alzado, cuando la campana del castillo
llamó a losobreros al trabajo, Mathys despertó con la frente
cubierta de sudor.Trató de volverse a dormir, pero el recuerdo
de las imágenes horrorosasque había visto en sueño le asediaba
aún el espíritu y hacía latir sucorazón con violencia. Saltó fuera
del lecho y se vistió a la vez quemurmuraba entre dientes:
