tener suficiente, y reclama a grandes voces su raciónentera,
como rechaza cuanto le dan, y trata de matarse por hambre.
—¡Pero eso es un crimen! ¡Yo le hablaré! ¡yo le haré oír el
lenguaje dela religión y la moral! ¿Dónde se encuentra?
—En el hospital, sala de San Pablo, número 10.
—¿Tenéis vuestro carruaje a la puerta?
—Pues partamos. ¡Ah, infame! ¡quiere morirse! ¿Ignora por
ventura quetodos los hombres son hermanos?
HISTORIA DE UNAS GAFAS Y CONSECUENCIAS DE UN
CATARRO NASAL
Jamás predicador alguno, jamás Bossuet ni Fenelón, jamás
Massillon niFléchier, jamás el mismo Mermilliod, desplegaron
desde su sagradacátedra una elocuencia más persuasiva y
untuosa que la empleada por M.Alfredo L'Ambert ante el lecho
de Romagné. Dirigiose primero a la razón,después a la
conciencia, y por último al corazón del enfermo. Recurrió alo
profano y lo sagrado, citó textos de filósofos y santos.
Mostrosefuerte y benigno, severo y paternal, lógico, acariciador
y hastacomplaciente. Demostrole que el suicidio es el más
bochornoso de loscrímenes, y que era menester ser bien cobarde
para afrontarvoluntariamente la muerte. Hasta se atrevió a
emplear una metáfora tannueva como atrevida, comparando el
suicida, al desertor que abandona supuesto sin permiso de su
cabo.
