—He ahí a un muchacho que no tiene mala cara. Tened la
bondad dehacerle señas, porque yo no me atrevo a mostrar a los
transeúntes mirostro.
M. Bernier abrió la ventana en el momento en que la víctima
elegidagritaba a plenos pulmones:
—¡Muchacho!—gritole el doctor,—dejad vuestro tonel y
subid por lacalle de Verneuil, si queréis ganar un buen puñado
de luises.
Llamábase Romagné, por su padre. Sus padrinos le habían
puesto, albautizarle, Sebastián; pero, como era natural de
Frognac-les-Mauriac,departamento de Cantal, invocaba a su
patrón bajo el nombre de ChanChebachtián. Todo hace
presumir que había escrito su nombre con ch;pero,
afortunadamente, no sabía escribir. Este hijo de la
Auverniacontaba veinticuatro o veinticinco años de edad, y
poseía laconstitución de un verdadero Hércules: alto, grueso,
rechoncho,colorado; fuerte como un buey de labor, dulce y fácil
de conducir comoun corderillo blanco. Imaginaos un hombre
fabricado de la pasta mejor,al par que la más grosera.
Era el mayor de diez hijos, entre mujercitas y varones, que
tragaban ybullían bajo el techo paternal. Su padre poseía una
cabaña, un pedazo detierra, algunos castaños en el monte, media
docena de cerdos, y dosbrazos para cavar el terreno. La madre
hilaba cáñamo; los varonesayudaban al padre; las mujercitas
arreglaban la casa y se cuidaban lasunas a las otras, haciendo la
