sin duda: su tarjeta está manchadade sangre, y mi mano lo está
también. Heme aquí frente a un turco poruna imperdonable
torpeza; porque yo no tengo motivos para querer mal aese pobre
muchacho... La chica, por otra parte, me es del todoindiferente...
¡Que se la quede en buen hora! ¡Degollarse dos
personasdecentes por la señorita Victorina Tompain!... El
maldito puñetazo es loque no tiene arreglo...
Esto decía entre dientes, entre sus treinta y dos dientes más
blancos yafilados que los de un lobo. Ordenó a su cochero que
se retirase a casa,y se dirigió, a paso lento, hacia el círculo de los
Caminos de Hierro.Allí encontró dos amigos y les refirió su
aventura. El anciano marquésde Villemaurin, antiguo capitán de
la Guardia Real, y el joven EnriqueSteimbourg, agente de
cambio, juzgaron unánimemente que el puñetazo loechaba a
perder todo.
Un filósofo turco ha dicho:
«No existen puñetazos agradables; pero los puñetazos en la
nariz son losmás desagradables de todos.»
Y el mismo pensador, añadió con razón en el capítulo
siguiente:
«Pegar a un enemigo delante de la mujer a quien ama, es
pegarle dosveces: le hieres en el cuerpo y en el alma.»
He aquí por qué el paciente Ayvaz-Bey enrojecía de cólera
mientrasacompañaba a la señorita Tompain y a su madre al piso
que les habíaamueblado. Despidiose de ellas a la puerta, subió
