Read The Great
Gatsby
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La señora Lefèvre se aproximó a su hijo reposadamente, para atarle lamochila a los
hombros. Así lo hizo, con las cejas fruncidas, los labioscontraídos bajo la nariz
aguileña, sin dar un suspiro; pero dos gruesaslágrimas corrieron lentamente por las
arrugas de sus mejillas. Y cuandohubo acabado, volviose, ocultando los ojos con la
manga del vestido, ydijo:
—Está bien... Ve..., ve..., hijo mío, tu madre te bendice. Si la guerrate lleva, no
morirás... Aquí tienes tu sitio, aquí, entre Luisa y yo:¡siempre estarás con nosotras!
¡Esta pobre niña no tiene aún bastanteedad para saber que vivir es sufrir!...
Todos los que allí estaban salieron; sólo Luisa permaneció en la sala,entregada a
sus lamentos. Pocos momentos después, al oír la culata delfusil golpear en las losas de
la cocina y que se abría la puertaexterior, la joven lanzó un grito desgarrador y
precipitose fuera.
—¡Gaspar!, ¡Gaspar!—dijo—, ya estoy tranquila, ya no lloro más; noquiero que te
quedes, pero no te marches disgustado conmigo. ¡Perdóname!
—¡Disgustado! ¡Disgustado contigo, Luisa mía! ¡Oh, no!, ¡no!—dijoGaspar—.
Pero verte tan apenada me destroza el alma... ¡Ah!, pero sitienes un poco de ánimo...,
entonces me iré contento.
—Pues, sí, lo tengo... Dame un beso... ¿Lo ves? Ya no soy la misma,¡quiero ser
como mamá!
Los dos jóvenes se dieron los abrazos de despedida con serenidad. Hullinsostenía el
fusil, y Catalina agitaba la mano como diciendo: «¡Vamos,vamos, ya está bien!»
Gaspar, cogiendo rápidamente el fusil, se alejó con paso firme, sinvolver la cabeza.
En dirección opuesta, los del Sarre, provistos de picos y hachas,trepaban en fila por
el sendero del Valtin.
Cuando pasaron cinco minutos, en el recodo de la encina grande, Gasparse volvió y
levantó la mano; Catalina y Luisa le respondieron. Hullin seadelantó para recibir a la
gente. Sólo el doctor Lorquin permaneció conlas mujeres; y así que Gaspar,
continuando su camino, hubo desaparecido,el doctor exclamó:
—Catalina Lefèvre, usted puede enorgullecerse de tener por hijo unhombre de
corazón. ¡Quiera Dios que tenga suerte!
Se oían las voces lejanas de los que llegaban, que reían y marchaban ala guerra
como si fuesen de fiesta.
X
 
 

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