—Sí—añadió Catalina bruscamente—, pólvora y balas hacen falta, esverdad; pero
ya tendremos. Marcos Divès, el contrabandista, tiene enabundancia; mañana irá usted
a verle de mi parte, y le dirá que CatalinaLefèvre compra toda la pólvora y todas las
balas de que disponga; queella paga; que venderá su ganado, su granja, sus tierras...,
todo...,todo, para adquirirla; ¿comprende usted, Hullin?
—Sí, comprendido; es muy hermoso lo que usted hace, Catalina.
—¡Bah! Muy hermoso..., muy hermoso—replicó la anciana—; es muysencillo:
¡quiero vengarme! Esos austriacos, esos prusianos, esoshombres rubios que nos han
exterminado otras veces..., yo los odio...,yo los detesto de padres a hijos. ¡Eso es!
Usted comprará la pólvora yese loco miserable verá si nosotros vamos a reedificar sus
castillos.
Hullin comprendió por lo que oía que Catalina seguía pensando en lahistoria de
Yégof; pero viendo cuán irritada estaba la anciana ypensando que sus propósitos
contribuirían a la defensa del país, no hizoninguna observación a este respecto, y dijo
solamente:
—Entonces, Catalina, quedamos conformes; mañana iré a ver a MarcosDivès...
—Sí, compre usted toda la pólvora y todo el plomo que tenga. Tambiénconvendría
recorrer las aldeas de la sierra para comunicar a la gente loque sucede y convenir con
ellos una señal a fin de reunirse en caso deataque.
—Esté usted tranquila—dijo Juan Claudio—; yo me encargo de eso.
Levantáronse los dos interlocutores y se dirigieron a la puerta. Hacíamedia hora que
había cesado el ruido en la cocina: la gente de la granjase había ido a acostar. La
anciana colocó la lámpara en una esquina delhogar y corrió los cerrojos. Fuera, el frío
era intenso; el aire,tranquilo y límpido. Las cumbres de alrededor y los abetos
delJaegerthal se destacaban del cielo como masas obscuras o iluminadas.Lejos,
bastante apartado de la ladera, un zorro aullaba en el valle delBlanru.
—¡Buenas noches, Hullin!—dijo la señora Lefèvre.
—¡Buenas noches, Catalina!
Juan Claudio alejose rápidamente por la cuesta de los brezos, y lalabradora, después
de contemplar durante un segundo, cerró la puerta.
Fácilmente se podrá imaginar la alegría de Luisa cuando supo que Gasparse hallaba
sano y salvo. La pobre joven no vivía desde hacía dos meses.Hullin tuvo buen
cuidado de no mostrarle la negra nube que asomaba porel horizonte. Durante toda la
noche la oyó Juan Claudio ir de un ladopara otro en su cuartito, hablando a solas
