completamente desnuda a la vistade los hombres. Se arrancó del brazo de Maltrana y
corrió hacia un árbolinmediato, apoyando en él los codos, ocultando la cara entre las
manos.
No quería que la viese Isidro. Tenía miedo de mirarle. Ahora lloraba deveras, y
gemía entre suspiros:
—¡Qué vergüenza, Señor!... ¡qué vergüenza!
—Siéntese usted, joven. Está usted en su casa: ya sabe que le considerocomo de la
familia.
Y el senador don Gaspar Jiménez acariciaba a Maltrana con aquellaspalmaditas
protectoras que enorgullecían al joven.
Estaba en el despacho del personaje, habitación amueblada con laseveridad que
correspondía a un hombre de su importancia y su seso. Lassillas eran de cuero, las
paredes obscuras. En una librería alineábanselos tomos de las Sesiones del Senado,
juntos con memorias,estadísticas y aranceles; volúmenes imponentes por el tamaño,
impresos aexpensas del Estado. Pendientes de los muros, en marcos
coruscantes,exhibíanse varios títulos de individuo de honor de diversas
sociedades,acreditando los méritos del marqués de Jiménez, y un tarjetón, prodigiode
caligrafía, en el cual los compromisarios castellanos felicitaban asu «digno senador»
por sus brillantes discursos en defensa de laprotección a los trigos.
Un retrato al óleo, de tamaño natural, llenaba todo un lado deldespacho. El marqués
aparecía en el lienzo de pie, vestido de frac, contodas sus condecoraciones, apoyando
un codo en la chimenea de su salón ysosteniendo con la diestra mano su frente
cejijunta cargada depensamientos. Una obra maestra. Al contemplar Isidro este
figurón con elpecho constelado de condecoraciones, encontraba cierta semejanza a
supoderoso amigo con varios prestidigitadores célebres. Después, sintióganas de reír
ante la seriedad y el empaque con que el senador semostraba en el retrato. Era un
caballero que se hacía representar devisita en su propia casa.
El grave marqués, que trataba siempre a las gentes con tono protector,parecía
titubear en presencia de Maltrana.
Hablábale con cierta distracción, como si su pensamiento estuvieselejos. Se
enteraba con forzada curiosidad de la vida del joven, de susluchas y aspiraciones,
mientras fruncía el ceño y su mirada vaga parecíabuscar un pretexto para conducir la
conversación adonde era su deseo.
Por fin, habló del motivo que le había hecho llamar a Isidro.
