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Gatsby
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varias corbatas, se sentaba a su lado,fijando en su rostro de morena fealdad unas
pupilas glaucas iluminadaspor extraño fuego.
Iba completamente afeitado. Según los maldicientes de la tertulia, sehabía cortado
el bigote, enviándolo bajo sobre, en un arrebato denostalgia, a cierto pintor con el que
había vivido en París, un artistamalfamado y simbolista, que representaba sus
concepciones por medio deefebos desnudos de femenil musculatura.
Maltrana, una tarde en que los dos estaban solos en la cervecería, echósu silla atrás,
sintiendo impulsos de cerrar de una bofetada aquellosojos claruchos fijos en él
cínicamente. Una mano ágil, de femeninasuavidad, había trotado sobre sus piernas
por debajo de la mesa.
—Pero tú—exclamó indignado—no eres escritor, ni poeta, ni nada. Túeres un...
Y soltó la palabra brutal y callejera. Pero el otro, sin desconcertarse,sin dejar de
acariciarlo con los ojos, contestó con suave desmayo:
—No seas ordinario; no digas esas cosas... Llámame alma iniciada.
III
Huyó Maltrana de tales... almas, no volviendo más a la cervecería.
Cansado de tertulias estériles y acosado por la necesidad, tuvo quepensar en la
conquista del pan. Nada le restaba de la herencia de suprotectora.
Sus amigos no le vieron ya mas que en el Ateneo leyendo revistas, o enla Biblioteca
Nacional rebuscando datos para ciertos eruditos yacadémicos, que le daban por este
trabajo una exigua retribución. De vezen cuando, algún amigo le pasaba un libro para
traducir, quedándose conla mitad del precio. Además, escribía artículos para un
semanariosocial, a razón de diez céntimos la cuartilla, que luego firmaba eldirector,
dando así práctico ejemplo de que la propiedad no es sagrada,ni mucho menos.
Isidro, después de rodar de una a otra casa de huéspedes, salvando losrestos de su
biblioteca de las patronas que le perseguían porirregularidades en el pago, tuvo que
subir la pendiente de los CuatroCaminos y refugiarse en la calle de los Artistas,
pidiendo asilo alseñor José. De este barrio de miseria le había arrancado la caridad
dela buena señora, y a él tornaba más infeliz y desarmado para la batallade la vida que
las rudas gentes condenadas a la pena del trabajocorporal.
Vivió desde entonces con su padrastro y su hermano Pepín, que trabajabaen las
obras como aprendiz. Su nueva existencia le puso en contacto conlos parientes de su
madre.
 

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