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Gatsby
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El joven no quiso huir: se quedó junto al féretro, presintiendo que allísería mayor su
seguridad. Además, era el único pariente del muerto queiba en el cortejo, y no debía
abandonarle.
Los portadores del ataúd, al recibir los primeros golpes, lo dejaroncaer al suelo,
huyendo veloces. El paño rojo desapareció en la fuga.Otros obreros intentaron
apoderarse del féretro y levantarlo, perofueron repelidos por los sables. Aquella caja
negra era una bandera derebelión, en torno de la cual podía organizarse otra vez la
revuelta. Enlos vaivenes de la muchedumbre en fuga, estuvo el ataúd próximo a
rodar,soltando sobre el polvo del camino el cadáver que encerraba.
Isidro se sentó sobre la fúnebre caja, temiendo una nueva profanación, yse replegó
aturdido y temeroso por el estrépito de los tiros. Un hombrede blusa vino también a
sentarse en el féretro, como si éste fuese unlugar de asilo.
Oyó Maltrana un lamento y vio la blusa blanca, manchada de sangre,balancearse y
caer al suelo. Después brilló sobre su cabeza el relámpagode un sable, y el joven se
encogió aún más para evitar el golpe. Peronadie le tocó. Pasaron algunos segundos
que le parecieron deinterminable duración, sin que su cuerpo sufriese ningún choque.
Creyóoír una voz, la de algunos de aquellos fantasmas negros que, sable enmano o
disparando tiros, pasaban ante sus ojos espantados que todo loveían envuelto en densa
niebla.
—Déjale: ¿no ves que es un señorito?...
Por primera vez en su vida se dio cuenta de las ventajas y privilegiosde aquel traje
que era para él un uniforme de miseria.
Sufría privaciones; el hambre rondaba en torno de él señalándolo comouno de sus
siervos; pero pertenecía, por su aspecto y sus costumbres, ala raza de los felices. Era
un señorito. Estaba por encima de aquellasgentes que conquistaban el pan con más
frecuencia que él, pero sentíanla caricia del palo apenas intentaban pedir, como
añadidura al mendrugo,un poco de justicia y de piedad para su vida.
IX
El hermano Vicente tenía un tirano, cuyas exigencias sobrellevaba
conmansedumbre.
Era aquel zapatero convertido, que traía a la nueva fe todas lasviolencias de su
antigua fama de devorasantos. Hablando a su protectorle aterraba con los aspectos
sanguinarios de su devota vehemencia. Nohabía más verdad que la religiosa, y al que
no la aceptase, ¡leña! Unpoquito de Inquisición no estaba de más en estos tiempos de
herejía ydesprecio a Dios. Era el ardor del neófito que asusta al maestro, laaudacia del
renegado que quiere borrar con tremendas exageraciones elrecuerdo de su historia.
 

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