Sonó largo rato un murmullo en la vecina habitación. El señor Vicenterezaba sus
oraciones. Luego, un ronquido fatigoso cortó el silencio.
Los amantes no durmieron. Reían de este roncar grotesco interrumpido porlargos
suspiros. El señor Vicente despertaba unos instantes, mascullandosantas
exclamaciones: «¡Ay, señor!», y volvía a sumirse en su sueñointranquilo, cortado por
las visiones del ayuno y la exaltación.
Oían detrás del tabique su voz medrosa con sacudidas de terror:
-¡Suéltame... te conozco! Eres el Malo... ¡Largo de aquí!
Feli no pudo contenerse por más tiempo, y su carcajada infantil rodó enel silencio
como una campanilla de plata.
Así transcurrió la noche. Los amantes ya no reían; callaban, como sidurmiesen. En
su habitación gemía la cama con ligeros temblores, cual sianduviesen ratas por debajo
de ella.
Al otro lado del tabique hablaba en sueños el señor Vicente, estremecidopor el
horror de sus visiones.
—Te conozco, Malo... Pierdes el tiempo enseñándome esasasquerosidades... Mi
carne está muerta... Gloria al Señor... La impurezano entrará en la casa de su siervo.
Maltrana, en la apacible calma de su nueva existencia, terminó pronto ellibro del
marqués de Jiménez. El grave prócer mostrábase satisfecho deltrabajo. Además, por
encargo suyo, vigilaba el joven la impresión ycorregía las pruebas. ¡El senador tenía
tantas ocupaciones!...
Cada vez que Isidro le presentaba un pliego impreso, don Gasparexaminábalo
minuciosamente, dando bufidos de satisfacción ante laspáginas que presentaban gran
cimiento de notas. Las que aparecían con eltexto solo, provocaban en él un mohín de
disgusto.
—No tienen seriedad—decía el senador—. Parecen páginas de una novela.Pero,
hombre, ¿qué le hubiera costado poner unas cositas al pie?...
Cuando el libro estuvo impreso, el marqués hizo un nuevo encargo aMaltrana. El
jefe del partido, que había de escribir el prólogo,entreteníale con excusas, sin cumplir
su promesa. Don Gaspar no seofendía por ello, conociendo las exigencias de la
política, la vidacruel, abrumada de trabajo, que arrastran sus hombres. Por fin,
elimportante personaje, dando al marqués una muestra de gran confianza, lehabía
rogado que escribiese él mismo el prólogo, autorizándole para quepusiese su firma al
