—¡Está poseído del demonio! gritaban los fugitivos. ¡Pedid socorro! Quevenga el
hortelano con su ballesta, y llamad también á los mozos decuadra. ¡Pronto, decidles
que estamos en peligro de muerte! ¡Corred,hermanos! ¡Ved que ya nos alcanza!
Pero el victorioso Tristán de Horla no pensaba en perseguirlos. Estrellócontra el
suelo el reclinatorio, derribó de un revés á su delatorAmbrosio, que puso el grito en el
cielo, y atropellando á losaturrullados frailes que formaban la retaguardia, bajó á
escape laescalera. El portero Atanasio vió pasar rápidamente una gigantesca
formablanca y antes de enterarse de lo que aquello significaba y de la causadel
tumulto que en la escalera se oía, ya el indómito Tristán estabalejos de la abadía y á
grandes zancadas recorrió el polvoriento caminode Vernel.
CAPÍTULO II
DE CÓMO ROGER DE CLINTON EMPEZÓ Á VER EL MUNDO
LOS muros del antiguo convento no habían presenciado jamás escándalosemejante.
Pero Fray Diego de Berguén tenía en mucho la buena disciplinade la comunidad para
permitir que ésta quedase bajo la impresión de larebeldía triunfante del novicio; así
fué que convocando nuevamente á loshermanos les dirigió una filípica como pocas,
comparando la expulsióndel iracundo Tristán á la de nuestros primeros padres del
Paraíso,llamando sobre él los castigos del cielo y advirtiendo de paso á susoyentes
que si algunos de ellos no mostraban más celo y obediencia quehasta entonces, la
expulsión de aquel día no sería la última. Con estoquedó restablecida la calma y en
buen lugar la autoridad de Fray Diego,quien ordenó á los religiosos que volvieran á
sus faenas respectivas yse retiró á su celda.
Apenas comenzadas sus oraciones oyó que llamaban suavemente á la puerta.
—Entrad, dijo con voz en que se traslucía el mal humor; pero apenasfijó los ojos en
el importuno que así le interrumpía, desapareció laexpresión ceñuda del semblante,
reemplazándola bondadosa sonrisa.
El que llegaba era un esbelto doncel, de facciones algo delgadas, rubioscabellos,
buena presencia y muy joven á juzgar por la expresión aniñadadel rostro. Sus claros y
hermosos ojos revelaban también un candor casiinfantil; su mirada era la del
adolescente cuyo espíritu se habíadesarrollado hasta entonces lejos de las emociones,
de las penas y delos combates del mundo. Sin embargo, las líneas de la boca y
lapronunciada forma de la barba indicaban un carácter enérgico yresuelto.
Aunque no vestía el hábito monástico, su ropilla, calzas y gruesasmedias eran de
obscuro color, cual convenía á un morador de aquellasanta casa. De una ancha correa
cruzada al hombro pendía henchido zurrónde los que por entonces usaban los
viajeros; llevaba en la diestra ungrueso bastón herrado y en la otra mano su gorra de
paño pardo, quetenía cosida al frente una gran medalla con la imagen de Nuestra
Señorade Rocamador.
