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Gatsby
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pueblo, con ideasy sentimientos muy distintos de los del inexperto mancebo, casi un
niño,que pocas horas antes había dejado aquel mismo camino por el atajo delbosque.
CAPÍTULO X
UN CAPITÁN COMO HAY POCOS
PENSANDO iba Roger que ni podía regresar á Belmonte en el término de unaño, ni
asomar por las inmediaciones de la casa paterna sin que suatrabiliario hermano le
echase los perros encima; y que por consiguientese hallaba en el mundo á la ventura,
sin saber qué hacer y harto escasode recursos para continuar viajando y gastando, sin
oficio ni beneficio.Con los diez ducados de plata que el buen abad había depositado
en suescarcela podría vivir escasamente un mes, pero no doce. Su únicaesperanza era
reunirse cuanto antes á los dos camaradas por quienessentía el afecto que ellos
también le habían mostrado. Apretó pues elpaso, y corrió á trechos, comiendo el pan
que llevaba en el zurrón yapagando la sed en los cristalinos arroyos que halló á su
paso.
Al cabo de una hora tuvo la fortuna de alcanzar á un leñador que con suhacha al
hombro llevaba la misma dirección que él, lo que le evitóperder más tiempo y aun
extraviarse en los numerosos senderos quecruzaban el bosque. No fué muy animada la
conversación entre ambos, puesel leñador sólo platicaba sobre asuntos de su oficio, la
calidad detales ó cuales maderas y las reyertas entre trabajadores de éste ó
aquelvillorrio, al paso que Roger no podía apartar de su imaginación elrecuerdo de la
encantadora desconocida. Tan distraído y preocupado ibaque su compañero acabó por
callarse, hasta que torció á la izquierda porel sendero de El Castañar, dejando á Roger
en el ancho camino deSalisbury.
Algunos pordioseros, un correo del rey, varios leñadores y otraspersonas que
encontró en su camino le indicaron la proximidad delpoblado. También vió pasar á un
jinete corpulento, de luenga y negrabarba, que llevaba un rosario de gruesas cuentas
en la mano y enormeespadón pendiente del cinto. Por la forma y color del hábito y
laestrella de ocho puntas bordada en la manga reconoció en él á uno de loscaballeros
hospitalarios de San Juan de Jerusalén, cuyo maestre residíaen Bristol. El joven
viajero recibió descubierto y reverente labendición del hospitalario, lleno de
admiración por aquella famosaorden, sin saber que á la sazón había adquirido ya gran
parte de lascuantiosas riquezas de los templarios y que los un tiempo humildes
ydesinteresados caballeros de San Juan preferían ya las comodidades desus palacios á
las aventuras y peligros de la campaña contra losinfieles del Oriente.
El sol se había ocultado tras negras nubes y á poco empezó á llover. Unfrondoso
árbol cercano ofrecía el mejor refugio y bajo sus ramas secobijó Roger, aun antes de
oir la cordial invitación de dos viajeros quele habían precedido y que sentados al pie
del árbol tenían delante mediadocena de arenques salados, un pan moreno y una bota
que después resultóestar llena de leche fresca y no de vino. Eran dos jóvenes
 

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