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Gatsby
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Simón, hasta que losúltimos hombres de armas hubieron desaparecido en los
profundosdesfiladeros de Roncesvalles, con dirección á los llanos de Navarra.
En compañía del duque de Lancaster llegaron á Pamplona, con lavanguardia
inglesa, los reyes de Mallorca y de Navarra y el impacienteDon Pedro de Castilla.
También se contaban allí apuestos caballerosgascones, procedentes de Aquitania y de
Saintonge, de La Rochelle,Quercy, el Lemosín, Agenois, Poitou y Bigorre, con los
pendones yfuerzas de sus distritos respectivos. Y no es de omitir el
numerosocontingente del país de Gales, bajo la bandera escarlata de Merlín.
Allítambién el anciano duque de Armagnac con su sobrino el señor de Albret,los de
Esparre, Breteuil y tantos más.
Al cuarto día todo el ejército quedó acampado en el valle de Pamplona yel príncipe
inglés convocó á sus jefes á consejo en el palacio real dela antigua capital de Navarra.
CAPÍTULO XXX
LA GUARDIA BLANCA EN EL VALLE DE PAMPLONA
MIENTRAS se celebraba el consejo de guerra en Pamplona hallábaseacampada la
Guardia Blanca en las afueras de la ciudad, entre lascompañías del jefe gascón La
Nuit y del flamenco Ortingo, y allí sedivertían tirando la espada, luchando cuerpo á
cuerpo como antiguosgladiadores ó mostrando su habilidad en el manejo del arco,
para lo cualles servían de blanco escudos colocados sobre las cercanas eminenciasdel
terreno. Los arqueros bisoños se adelantaban formados en filas ytendían
cuidadosamente los grandes arcos, en tanto que los veteranoscomo Yonson, Reno,
Simón y otros seguían con atención el vuelo de lasflechas, comentando, aplaudiendo ó
corrigiendo los esfuerzos de lostiradores. Tras ellos se agrupaban muchos ballesteros
de La Nuit y delBrabante, que observaban con interés el ejercicio á que se
entregabansus aliados ingleses.
—¡Bravo, Gerardo! dijo el viejo Yonson á un mocetón de ojos azules yrubio
cabello que con labios entreabiertos y fija mirada, seguía ladirección de la flecha que
acababa de lanzar. Ahí la tienes en el centrodel blanco, y así lo esperaba desde que la
ví salir de tu mano. ¡Buenarquero, muchacho!
—Tirad siempre de la cuerda lentamente y por igual y soltad la flechasin mover la
mano, pero de pronto, dijo Simón. Y acordaos de que esasreglas son ley lo mismo
cuando tiréis al blanco que cuando tras delescudo se os venga encima un jinete lanza
en ristre ó espada en alto,dispuesto á partiros el alma. Pero ¿quién es ése que agarra el
arco comoun cayado y que hace tantas muecas para apuntar?
—Es Sabas, de Bristol. ¡Oye tú, Sabas! gritó Vifredo, no dobles elespinazo, hijo, ni
saques la lengua, que maldito lo que eso te ayudarápara poner la flecha en el blanco.
Levanta esa cara tan fea que Dios teha dado, tente tieso, y extiende bien el brazo
izquierdo, sin moverlo;ahora tira despacio de la cuerda con la derecha.
 

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