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Gatsby
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Roger escuchó el relato de aquellas lástimas con toda la seriedad quepudo. Pero
cuando contempló al pobre hombre vestido con los guiñapos delcarbonero y vió la
expresión de dignidad ofendida que tenían el rostromofletudo y los ojillos saltones de
maese Rampas, le fué imposiblecontener la risa. Jamás se había reido tanta ni de tan
buena gana, éincapaz de tenerse de pie se apoyó contra el tronco de un árbol, sinpoder
hablar, saltándosele las lágrimas y riéndose á todo trapo.
El batanero le miró gravemente; nuevos accesos de hilaridad retorcieronel cuerpo
de Roger y maese Rampas, viendo que aquello no llevaba trazasde acabar, le hizo un
ceremonioso saludo y se alejó pausada yaltivamente, contoneándose. Roger le miró
hasta perderle de vista, y aundespués de ponerse él mismo en camino se reía de todo
corazón cada vezque recordaba la facha y los visajes del batanero de Léminton.
CAPÍTULO IV
DE LA JUSTICIA INGLESA EN EL SIGLO CATORCE
EL camino que seguía Roger era poco frecuentado, mas no tanto que elviandante
dejase de encontrar de vez en cuando ya unos arrieros, ya unpobre pedigüeño, y otros
viajeros tan cansados como él. Entre los quehalló Roger á su paso se contó también
uno al parecer fraile, quegimoteando le pidió algunos cornados para comprar pan,
pues estabamuerto de hambre. El joven apresuró el paso sin contestarle, porque enel
convento había aprendido á desconfiar de esos frailes vagabundos; sincontar con que
del morral que el pordiosero llevaba á la espalda viósalir el hueso no muy mondo de
una pierna de cordero que para sí lahubiera querido el buen Roger. No anduvo largo
trecho sin oir lasmaldiciones que le lanzaba el supuesto religioso; seguidas de
talesblasfemias que el caminante echó á correr por no oirlas y no paró hastaperder de
vista al deslenguado fraile.
En los linderos del bosque descubrió Roger á un chalán que con su
mujerdespachaba un enorme pastel de liebre y un frasco de sidra, sentadosambos al
borde del camino. El brutal chalán lanzó una exclamacióngrosera al pasar Roger,
quien siguió su marcha sin darse por entendido;pero como á la mujer se le ocurriese
llamar á gritos al apuesto joveninvitándole á comer con ellos, su marido se enfureció
de tal manera queempuñando la vara empezó á dar de palos á su caritativa compañera.
Eljoven comprendió que lo mejor era poner tierra por medio, muyapesadumbrado al
ver que por todas partes sólo hallaba violencias,engaños é injusticias.
Pensando iba en ello y comparando aquellos episodios de su jornada conla vida
monótona del convento, cuando detrás de un vallado que á suderecha quedaba vió el
más raro espectáculo que imaginarse pueda. Cuatropiernas cubiertas con ajustadas
medias de arlequinados colores y largosborceguíes de retorcidas puntas en los pies, se
movían á compás, sin queel matorral permitiese ver los cuerpos invertidos á que
pertenecíanaquellas extremidades. Acercándose prudentemente oyó Roger los
sonidosde una flauta y rodeando el vallado creció de punto su sorpresa al ver ádos
 

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