—Ocasión como esta no volverá á presentársenos en toda la vida. Sin elclavo ese no
me quedo, y se lo he de llevar y ofrecer á la abadía deBelmonte.
—Como yo le llevaré á mi madre esa piedra que le arrojaron al santo,dijo Tristán.
—Pues á mi vez prefiero la astilla de las puertas del templo, dijo porsu parte Simón,
y aquí os entrego tres ducados, de cuatro que me quedan.
—Y aquí van dos más, agregó Tristán.
—Y cuatro míos, dijo Roger.
Con lo cual se despidieron del piadoso y cuitado peregrino, llevándoseaquellas
venerables reliquias tan impensada cuanto fácilmenteadquiridas.
Lo malo fué que á poco andar dieron con una herrería, donde sedetuvieron para
atender al caballo de Simón, que mucho necesitaba losservicios del herrero. En
conversación con éste, contóle Simón sureciente encuentro y la gran compra que
habían hecho; ver el rústico lasreliquias y echarse á reir fué todo uno, y asiendo un
cajón lleno deluengos clavos se lo presentó á Roger.
—Mirad, le dijo, si vuestro clavo no es uno de estos y si los cascorrosy astillas del
santo varón no proceden del montón aquel que está á mipuerta y donde yo mismo se
los ví tomar no hace dos horas y meterlos ensu zurrón. El clavo me lo pidió él mismo
y yo se lo dí. ¡Por vida de!Sobrado crédulos sois para soldados.
Oir aquello y echar á correr en busca del tramoyista viejo fué todo uno.Á poco lo
vieron en lo alto de una cuesta que formaba el camino, perotambién los divisó él á
buena distancia y suponiendo la embajada quellevaban, prescindió de su ceguera y
dejando el camino se metió por losjarales y ganó el bosque, dejando más que mohinos
á los tres amigos, tanbonitamente burlados.
CAPÍTULO XXVI
DONDE SE AVERIGUA QUIÉN ERA EL MISTERIOSO PALADÍN
EN Aiguillón, á donde llegaron aquella noche, los esperaban el barón deMorel y el
risueño Gualtero, cómodamente instalados en la hostería delBâton Rouge. El noble
inglés sostenía interesante coloquio con unafamado caballero del Poitou, Gastón de
Estela, que acababa de llegar deLituania, donde había servido con los caballeros
teutones á las órdenesdel gran maestre de Marienberga. Complacidísimo el señor de
Morel conaquel encuentro, se pasó las horas muertas hablando de campañas,asedios,
justas y aventuras y amanecía cuando se despidió del de Estela.No le impidió esto
ponerse en camino á la temprana hora que había fijadola víspera, y dejando en
Aiguillón el curso del Garona, tomó con suscuatro acompañantes por la orilla del Lot,
no ya en dirección deMontaubán sino de Villafranca, por donde, según noticias
recogidas en elcamino, andaban sueltos unos arqueros ingleses más malos que Caín y
quedesde luego supuso eran los mismos á quienes buscaba y de quienes eracapitán.
Numerosos indicios revelaban la agitación y el estado de alarmapredominantes en
