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Gatsby
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contestábanles los segundos conimpasible desprecio y en tanto el príncipe Eduardo los
contemplaba ensilencio, secretamente complacido de presenciar aquella escena
tanconforme con su espíritu batallador. Sin embargo, la división entre suspropios jefes
ningún buen resultado podía darle y se apresuró á calmarlos ánimos.
—Haya paz, señores, ordenó extendiendo el brazo. Quienquiera devosotros que
continúe tan tonta querella fuera de aquí, tendrá que darmecuenta de ello. Necesito el
concurso de todas vuestras espadas y nopermitiré que las volváis unos contra otros.
Abercombe, Morel, Bruce¿dudáis acaso del valor de los caballeros gascones?
—Eso no haré yo, contestó Bruce, pues demasiadas veces los he vistopelear como
buenos.
—Valientes son, sin duda, pero no hay temor de que nadie lo olvidemientras tengan
lengua para proclamarlo á todas horas, sin ton ni son,dijo á su vez Abercombe.
—No os demandéis de nuevo, se apresuró á decir el príncipe. Si es degente gascona
el decir en alta voz lo que piensan, tampoco falta quientache á los ingleses de fríos y
taciturnos. Pero ya lo habéis oído,señores de Gascuña; los mismos que acaban de
tener con vosotros unaquerella pueril os reconocen el valor y las dotes de todo
honradocaballero. Captal, Clisón, Pomers, Briquet, cuento con vuestra palabra.
—La tiene Vuestra Alteza, respondieron los gascones, aunque sin ocultarque lo
hacían de pésima gana.
—¡Y ahora, á la sala del banquete! prosiguió Eduardo. Ahoguemos hastael último
recuerdo de esta contienda en unos cuantos frascos de buenamalvasía.
Volviéndose entonces hacia sus regios huéspedes, los condujo con todacortesía á
los puestos de honor que les estaban reservados en la mesaservida en la vecina
estancia. Tras ellos siguieron los brillantescaballeros de antemano invitados á la mesa
del príncipe.
CAPÍTULO XX
DE CÓMO ROGER DESHIZO UN ENTUERTO Y TOMÓ UN BAÑO
RECORDARÁ el lector que Gualtero y Roger se habían quedado en laantecámara,
donde no tardó en rodearlos animado grupo de jóvenescaballeros ingleses, deseosos
de obtener noticias recientes de su país.Las preguntas menudearon:
—¿Sigue nuestro amado soberano en Windsor?
—¿Qué nos decís de la buena reina Felipa?
—¿Y qué de la bella Alicia Perla, la otra reina?
—El diablo te lleve, Haroldo, dijo un alto y fornido escudero, asiendopor el cuello y
sacudiendo al que acababa de hablar. ¿Sabes que si elpríncipe hubiera oído la
preguntilla esa te podría costar la cabeza?
—Y como está vacía poco perdería con ella el buen Haroldo.
 

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