Oigo eltic-tac del antiguo reloj de familia, y el golpe grave de su timbreresuena en mi
oído aún. Recuerdo el miedo que me causaba al despertar enmedio del sueño ese
monótono murmullo del silencio nocturno, reagravadopor el bulto humano, horroroso,
amenazante, que parecían formar lasropas de mi padre puestas al acaso sobre una
silla, y en cuya ingeniosay casual combinación creía ver el cuerpo de un ladrón o de
un bandido.¡Oh! ¡Qué alegría, qué desahogo, cuando la mirada, después de un
examenansioso, descubría el fatal engaño y los objetos tomaban su formanatural
disipándose el terrible fantasma!
Tenía diez años cuando murió mi padre. La última vez que me acercaron alborde de
su cama, me abrazó y me llenó de besos; tendría entoncescuarenta años, pero
representaba sesenta; ¡tanto lo había quebrantado laterrible enfermedad que lo
consumía!
Espíritu débil, la muerte de su compañera lo había abatido, había hechoinútil su
existencia. Pobre, sin porvenir, esclavo de un empleosubalterno que servía desde 20
años atrás, carecía de la iniciativavigorosa de otros hombres que buscan en los
trabajos variados de la vidael consuelo de los grandes dolores humanos. La monotonía
de sus deberescuotidianos, ese horrible destino de hacer la misma cosa hoy, mañana
ysiempre; el sueldo periódico que jamás se aumenta ni reproduce; la faltadel ideal, de
la esperanza, de ese horizonte dorado que persigue todacriatura en el mundo,
abatieron las fuerzas de aquel noble perodesgraciado corazón, cuyo fin fue como el de
una máquina que estalla yse inutiliza antes de tiempo.
Mi tío, dominado por su absurda mujer, nos veía poco. Pobre también, sehabía
casado con ella que tenía una fortuna considerable, y en su casa,como era natural,
dominaba el carácter militar de mi tía, duplicado porla influencia de su fortuna.
Sin embargo, el buen tío Ramón, con sus debilidades, pero excelente enel fondo, al
saber la gravedad extrema de mi padre, vino a vernos.
Los dos hermanos se abrazaron. La palidez de mi padre se confundía conla blancura
de las almohadas de su cama.
Aunque niño, y sin poderme dar cuenta profunda de aquel solemne momentode mi
vida, lloré amargamente abrazado de su cuello; sentí su últimocalor vital con un
íntimo estremecimiento de dolor, estreché sus manosdescarnadas, me miré en sus ojos
apagados y permanecí mucho, muchotiempo a su lado, sollozando y enjugando mis
lágrimas.
