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Gatsby
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cual tenía yo una vaga idea, recorría la fila delos palcos sin detenerse en los brillantes
de mi tía, y el saludo fue unsaludo en el vacío.
Mi tío tosió para disimular el contratiempo. Mi tía le echó la culpa,sosteniendo que
se le había puesto por delante; mi tío quiso rectificar,pero se le ordenó que guardase
silencio, y obedeció. Yo miraba el suelo,compartiendo la vergüenza de mis tíos; y
Fernanda, fría, sin curiosidad,con sus ojos claros desmesuradamente abiertos,
abanicándose con todacalma, miraba abstraída hacia arriba, como si entre el techo y
nuestropalco pasase una visión a través de la sala.
—Mira, niño—me decía mi tía Medea sin dejarme respirar,—aquél es
donBuenaventura; aprende, mira qué traje tan sencillo lleva. Ese que hablacon el
ministro español, es el doctor Trevexo: aquel que sale, es elcoronel Valdelirio.
Y yo miraba extasiado aquel grupo y me decía a mí mismo:—¡Ah, si algúndía
llegase yo a saber lo que sabe el doctor Trevexo! ¡Si llegase a serun guerrero como
Valdelirio! ¡Y después, aterrado de mi petulanciaíntima, transigía con una fórmula
más modesta: ¡Si llegase a serministro español!
Las lágrimas consagraban el éxito del drama y de los actores en eltercer acto.
Montero recitaba sus famosos endecasílabos. La Flor de undía terminaba en medio de
calurosos aplausos; la concurrencia evacuabaaquel antro que se llamaba teatro y en la
puerta estallaban los vivasentusiastas y patrióticos del pueblo.
Mi tía se ensilló con su pesada salida de teatro, y Fernanda envolvió sulinda cabeza
en un pañuelo de fular color caña, dentro del cual parecíaun estudio inconcluso de
artista.
—Vamos, mal criado—me dijo mi tía,—acompañe usted a esa señorita,ofrézcale el
brazo.
Obedecí, y Fernanda me entregó el brazo sonriendo con plácidagenerosidad. Yo lo
cerré contra el mío, y, aunque era un muchacho, no séqué vagas nociones de ternura,
qué entusiasmos indefinibles experimentómi ser al sentir el frío desnudo de la carne, y
al aspirar el perfumenunca aspirado de aquella singular criatura.
IX
Han pasado algunos años.
Estoy lejos de Buenos Aires; en una ciudad cuyo nombre no interesa allector.
Don Pío Amado y don Josef Garat, mis maestros, eran dos personajessingulares;
singular era su escuela, singular la enseñanza, singulartodo lo que los rodeaba. Don
Pío era la bondad, la benevolenciapersonificadas; don Josef era la intransigencia, el
mal humor, y la iramisma. Reunidos, don Pío era la nota cómica del colegio, don
 

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