Read The Great
Gatsby
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Mañana nuestros nombres serán aclamados por este pueblo, que es un granpueblo,
porque sabe marchar sin preguntar nunca adonde lo llevan. ¡Lavictoria será nuestra!
V
¡Oh, mi niñez! Mi niñez fue triste y árida como esos arenales africanosque desde a
bordo contemplan por largas horas los viajeros alaproximarse a las costas del Senegal.
Tenía doce años y pasaba con razónpor un muchacho imbécil: no sabía leer sino
silabeando torpemente; lasletras, formadas en línea, nublaban mis ojos, y al querer
mover lalengua para pronunciar las palabras, la sentía amarrada por ligadurascrueles,
que me hacían tartamudear y sentir delante de los extraños laherida profunda y
venenosa del ridículo. Escribía torpemente y con unaortografía de la más espontánea
barbarie. ¡Oh, mis planas! ¡Cuánto mecostaba hacerlas y qué mal me salían!
Mi tía Medea no se había preocupado de hacerme enseñar nada. ¿Para
quénecesitaba aprender? El doctor Trevexo ya se lo había dicho: «paraocupar altas
posiciones en este país, no se necesita aprender nada.» Ytenía razón. Yo me preparaba
para las altas posiciones, siguiendo elconsejo al pie de la letra.
Mi tío Ramón no se conformaba, sin embargo, con aquel sistema deeducación
espontánea, y el pobre hombre, en medio de sus devaneosamorosos, solía dedicarme
algunos momentos; él me había enseñado adeletrear en los títulos de los diarios y bajo
su dirección habíaaprendido a hacer mis primeros garabatos.
Vivía en el interior de la casa, entre los criados y criadas: susociedad me encantaba,
y sería un ingrato si no recordara con afecto aaquella buena gente con quien pasé los
primeros años de mi vida.
Después de la reunión que acabo de describir, la guerra había estalladoentre Buenos
Aires y la Confederación, y aunque mi propósito no esconsagrar muchas páginas a la
política, necesito contar la parte que yotomé en el entusiasmo guerrero de aquellos
días.
Ya he dicho hasta qué punto llegaba la exaltación de mi tía, partidariaresuelta de la
guerra con toda la buena fe de su alma, creyéndose unamatrona griega, hija de la
invicta Buenos Aires, de la Atenas del Platay de quién sé yo qué más.
La batalla de Pavón había tenido lugar el 17 de septiembre de 1861, y lavictoria
produjo en Buenos Aires un entusiasmo indescriptible.
Desde antes que ella tuviera lugar, mi imaginación estaba convulsionadapor los
cuentos de los sirvientes de mi casa y por las conversacionesanimadas de sobremesa
que sostenía mi tía con sus relaciones. Yo nopensaba sino en soldados y batallas; tenía
cierta disposición genial aldibujo y pasaba las noches dibujando el ejército y la
escuadra de BuenosAires en marcha contra Urquiza; y entre las filas de soldados,
 

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