Cenamos y nos dieron las tres de la mañana. En todo el club no sehablaba de otra
cosa que de la boda, y, como era natural, la crítica serecreaba en morder el argumento
por todas sus faces.
—¿Vienes a casa?—me dijo don Benito;—tu cuarto está pronto.
Acepté. A las cuatro de la mañana entrábamos en la casa de mi viejoamigo.
Charlamos largo rato y en medio de la charla de don Benito, meadormecí. Entonces,
un sueño espantoso pasó por mis ojos. Me vitrasladado a los tiempos del colegio. En
la puerta de calle vi aValentina que parecía esperarme. Era el día de su santo. Llegué
a sucasa, le di el ramo de jazmines que llevaba para ella: me inquietó lapresencia de
don Camilo en la mesa. Por la noche, Valentina se acercó ami lado en el jardín, juntos
miramos al cielo; veía su cara risueña yespiritual, sonriendo, llena de luz, de vida y de
sentimiento; oí en elpiano las notas graves de Beethoven, me despedí de ella... La
volví aver otro día por la última vez... no pude, no supe decirle que laquería... Mi
sueño se fue complicando poco a poco... apareció primeroentre sus imágenes, la
figura escuálida de un clérigo, después mi tío...a su lado, una mujer joven le
estrechaba la mano... ¡esa mujer eraValentina!... Sentí una terrible opresión en el
pecho; quise correr parasepararlos, no pude: tenía ligados los pies; quise gritar para
que meoyesen, tampoco pude, la emoción cerraba mis labios. Las fuerzas mefaltaban;
entonces vi caer la mano del clérigo sobre la pareja querecibía su bendición y caí
desmayado. Todo había concluido para mí!...¡Valentina no me pertenecía ya... la
había perdido!
¡Ah! pero entonces el terrible sueño que me oprimía como una piedra, sedeshizo
como un vapor sutil y desperté... ¡Oh! ¡qué íntima, qué inmensaalegría inundó mi ser,
cuando pensé que Valentina era libre!
Mi vida no cambió mucho por cierto con el casamiento de mi tío Ramón.
Blanca, con un tren de lujo extraordinario, vivía en el mundo, en losteatros, en los
bailes, en todas las fiestas y paseos más concurridos.Dominado su marido desde el
primer momento, el pobre viejo iba siempre aremolque de su mujer, sin oposición, sin
protesta de ningún género. Yolos acompañaba poco; vivía aislado en un departamento
independiente dela casa, porque me mortificaba el trato de aquella mujer fría y
ligeraque no podía vivir sino en una atmósfera de lujo y de pompa. El círculode los
amigos solteros de mi tío Ramón, se había extendidoconsiderablemente, con motivo
de su casamiento. Montifiori le habíatraído a todos sus camaradas del gran mundo;
dos o tres diplomáticos,aves de paso, chismosos y murmuradores, como todas las
mediocridadesdel género; uno o dos banqueros; no faltaba nunca algún
personajepolítico de más o menos importancia, ni un grupo de muchachos alegres
