—Basta de blanduras. Así como os halléis en estado, saldréis paraSalamanca a
proseguir vuestros estudios; allí escogeréis, luego, entrela Iglesia y las Ordenes.
Aquesta es mi voluntad.
Esto dicho, se alejó gravemente, dejando en la estancia, a más del olorde cera de
sus vestidos, algo patético, algo inexorable, que Ramirosintió flotar sobre su cabeza
cual una maldición suspendida.
La cuadra se llenaba de sombra; pero la hija del escudero no tardó enpresentarse,
protegiendo con su mano las llamas de un dorado velón, yalumbrada ella misma como
imagen entre cirios.
En pocos años, la letárgica mansión habíase convertido en la másvisitada y
rumorosa de Avila del Rey. Cierto día, don Alonso BlázquezSerrano congregó en
casa de don Íñigo a algunas personas principalespara tratar del asunto de los
conversos. La reunión se repitió. Elnúmero de los invitados se fue acrecentando. A la
simple jícara seagregaron los bódigos y los hojaldres. Tal fue el origen
delaristocrático mentidero del señor de la Hoz.
Miércoles y domingos, dormida la siesta, acudían a su palacio losvarones más
linajudos y doctos de la ciudad. La charla de aquellareunión acabó por convertirse en
un verdadero gobierno; los mismosregidores iban a consultar allí sus dictámenes. Era
un éxito imprevisto.Sin embargo, el señor de la Hoz estaba muy lejos de haberlo
codiciado.Al principio, una contrariedad profunda, un verdadero pánico domésticose
apoderó de su espíritu ante la ocupación inesperada de su vivienda, yperdió mucho
tiempo buscando y rebuscando en su memoria el involuntarioademán o la frase
imprudente que hubieran podido provocarla. Sólo paraél mismo era obscura la razón.
Aquel anciano despilfarrado y enfermo,que no podía convertirse en un rival para
nadie, era el dueño de casaguisado por la Providencia. Don Íñigo, aunque enlazado
por su casamientoa los más antiguos linajes de la ciudad, habíase
conservadocompletamente ajeno a las seculares cuadrillas de San Juan y SanVicente,
en que se hallaba dividida la nobleza de la comuna; y las salasde su mansión eran
amplias, la servidumbre numerosa, la pasteleríaexcelente.
El bullidor concurso llenaba los salones. A más del grupo principal,compuesto de
los más encumbrados personajes, formábanse corrillos detonsurados humildes y
seglares de poca monta. En ellos se refugiaba,evitando la plena luz, el desconocido
ceremonioso que comenzaba aintroducirse en la reunión, sin que nadie supiese quién
le traía; elhidalguejo tagarote, amigo de un amigo de don Íñigo y venido al olor
delagasajo, el alférez del Alcázar, el capellán de monjas, el escribano denúmero...
