Se hizo un silencio como cuando termina un rito. Ramiro sintió vivoimpulso de
levantarse y escupir en el rostro a aquel hombre.
El morisco cruzó los brazos, y Aixa recostose como una hija sobre supecho.
En ese instante una metálica vibración llegó de la ciudad. Luego lacampana de
Santiago resonó a corta distancia. Otras, más lejanas,respondieron. La catedral dejaba
caer sus campanadas bajas y solemnes,y, en seguida, todas las iglesias a la vez, en
alucinador concierto,tocaban las oraciones.
Ramiro cayó de rodillas, como si un dardo venido de lo alto le hubiesetraspasado de
pronto, y las avemarías manaron de su pecho bullidoras ycálidas. Sus ojos cerrados
veían una pavorosa negrura sobre la cualdesfilaban llameantes imágenes de
purgatorio. Se humilló, se anonadó, seredujo bajo el remordimiento, pidiendo perdón
sin cesar, por algoodioso, por algo enorme, aborrecible, que sentía ahora por primera
vez,en todo su peso, en todo su horror, sobre su propia conciencia.
Aixa y el morisco, asidos fuertemente, sin hablarse, no apartaban losojos del
mancebo.
La ciudad prolongaba el lloro y el canto de sus bronces en el piadosoanochecer.
Dos días después, don Alonso Blázquez Serrano, saliendo de visitar alseñor de la
Hoz, topaba con Ramiro en la escalera. El mancebo descendiópara acompañarle.
Cuando llegaron al patio, don Alonso, arrimándose a una columna, como sibuscara
ocultarse de los lacayos, díjole sin ambages que algunaspersonas comenzaban a
murmurar de sus frecuentes visitas al barrio deSantiago. Ramiro dio por disculpa su
errabunda curiosidad y el deseo deindagar aquellas sospechosas costumbres de los
conversos.
—Bien respondido—replicó don Alonso—si fuera yo algún oficiosoimpertinente y
no el amigo fiel de vuestra casa, que os ha miradosiempre como a un hijo.
Una pausa subrayó la intención de aquella frase.
—Corren acerca de vuesa merced—añadió, tratando de atenuar con unasonrisa la
dureza de las palabras—las más peregrinas especies. Unospropalan que os halláis en
inteligencias con los moriscos paratransmitilles todo lo que sobre ellos se resuelve;
otros, que os hancomprado la conciencia con presentes y dinero; y no falta, en fin,
quienasegure que tenéis hecho pacto con el Demonio por intermedio de unavieja
hechicera del arrabal. Huelga decir que así creo yo en estaspatrañas como en las
consejas de vestiglos y gigantes; pero, si he dehablar cabalmente, no encuentro que la
simple curiosidad baste aexplicar vuestros cotidianos paseos por la morería.
