volviendo surostro, arrojó su indignación contra la anciana, en las sílabasguturales y
fuertes de su algarabía. Denso rubor, como el aterciopeladocarmín de las rosas,
coloreaba sus mejillas; pero en seguida, alreconocer al mancebo, una sonrisa
hospitalaria, hechicera, talismánica,que mostró la blancura de sus dientes, tornó, al
pronto, su semblanteclaro y tranquilo como la luna.
—¡Ah!, ¿eres tú, señor don Ramiro?—exclamó.—¡Bienvenido seas! Perdón,si ayer
os hice daño con la flor, en la calleja. Buscaba te la echar alsombrero.
—No me hizo daño la flor—replicó Ramiro,—pero sí vuestra risa.
—¡Calla! Reía del gozo de verte a un palmo de mí. Yo me estuve encogidacabe la
reja, e no me catabas.
Volviendo a la cuadra del baño, ella extendiose de pechos en la alcoba,ofreciendo a
Ramiro una almohada para sentarse. Platicaron largo tiempo.Era para el mancebo un
coloquio extraño, casi fabuloso. La sarracenapreguntaba, sin cesar, como los niños. El
fleco de medallas, que colgabasobre su frente, aumentaba el misterio de sus pupilas.
A cada momentoofrecíale a Ramiro en sus dedos, cargados de sortijas, algunas
alcorzas;y ella a su vez reía y reía al morderlas, reía como una mujersemibárbara, con
cierta animalidad incomprensible y deliciosa; mientrassus pestañas, larguísimas e
inquietas, parecían desprender ilusoriopolvillo de lujuria y de nigromancia.
Cuando Ramiro hallose de nuevo en su casa, entre los objetos familiaresde su
aposento, y, desceñida la espada, quitado el capotillo,desajustado el jubón, se arrojó
sobre la cama, pareciole que suexistencia se internaba en el enredo de una historia
novelesca. Sentíaese indeciso vivir, esa suspensión de contacto con la realidad,
esecolumpiamiento sobre la vida, que producen en nuestro ser las grandesaventuras
del alma. Además, la tentación descabalaba su juicio, cortabaen pedazos sus ideas y
no las dejaba ligarse. En vano la concienciaquería formular el peligro que sus
sentimientos católicos habían decorrer bajo el hechizo de mujer tan hermosa. Bocas
sin rostro,clamantes, agoreras, pasaban en la obscuridad interior vociferandopresagios
indescifrables. El no quería escuchar y se burlaba de susrecelos. ¡Estaba tan seguro de
su profunda fe religiosa! Aun cuandofuera una infiel, ¿qué importaba? Aquel deleite
sería un instante, unguiño de ojo en su vida. Saciado el deseo, sabría arrojar bien lejos
elvaso, antes de llegar a las hondarras. Y acaso, ¿no era dado esperar queaquella
mujer le transmitiese, entre una y otra caricia, el secreto quebuscaba? ¡Ah!, entonces
sí que estaba seguro de la absolución delcanónigo. «Pensad que lo haréis con un santo
propósito.» ¿No eran éstassus mismas palabras? ¿No se le había aconsejado que
buscara un amoríopara facilitar su comisión?
