la plazuela de la Catedral. El templolevantaba su mole religiosa y guerrera en la calma
cerúlea delanochecer. Un último reflejo dorado se apagaba en sus almenas.
El aire traía un tufillo de sartenes. El canónigo despidiose de Ramiro,y, al ir a
penetrar en la iglesia, un lacayo le detuvo para decirle queel señor de San Vicente le
mandaba llamar. La casa estaba a pocos pasos,en el barrio de San Gil.
El señor Felipe de San Vicente, individuo del Consejo de las órdenes,Comisario de
la Santa Inquisición y antiguo gentilhombre del Rey,recibió cordialmente al canónigo,
tomándole una y otra mano en lassuyas. Luego, después de haber echado los cerrojos
a las puertas,preguntole con brusquedad y misterio:
—¿Podría vuesamerced, señor canónigo, indicar algún hombre seguro parauna
dificultosa misión en servicio de Su Majestad y del reino? Adviertavuesamerced—
agregó—que debe ser de harta limpieza de sangre, de muchareligión, de mucho ardid
y denuedo, y joven, cuanto posible, de suerteque sus idas y venidas puedan achacarse
a un amorío, por ejemplo.
El lectoral comenzó a estrujarse el labio inferior, como si buscaraarrancarse por
aquel medio el nombre propio que convenía. De pronto,después de breve silencio, sus
ojos se llenaron de claridad y respondiócon viveza.
—Conozco a vuesamerced, y doy, desde luego, por seguro, que habráescogido con
acierto—replicó entonces el hidalgo, acostándose, casi, enel sillón y estirando hacia el
brasero sus piernas metidas en calzas develludo pardo.
En seguida, con verbosidad soñolienta, entrecortada sólo por los ásperosesfuerzos
con que descargaba de rato en rato su garganta, fuele diciendoque, según recientes
averiguaciones, los moriscos preparaban unlevantamiento general en todo el reino, y
que era menester sorprenderlescon las manos en la masa.
—Tenemos sospechas—agregó—de que en esta ciudad existe un esconditede
conspiradores, donde continuamente se reciben mensajes sediciosos deAragón y
Valencia. Pero todo esto, señor canónigo, precisamos saberlocon certeza, pues la
mayoría del Ayuntamiento aboga por ellos, yabundan en toda España señores de título
que, por no ver sus tierrasabandonadas, les tienden solapadamente la mano.
Dijo luego que la Junta de Madrid acababa de encomendarle, sin atender asu edad y
a sus dolencias, aquella difícil misión, que él queríacompartir con un hombre de
iglesia, cuyo especial ministerio le pusieraen mejores condiciones para conocer las
dotes o defectos de algún vecinode la ciudad. Con la voz cada vez más ronca y más
