Ramiro volvió el rostro y su asombro fue inmenso al ver cruzar la callea su antiguo
paje vestido con galas de soldado.
Pablillos llegaba apenas de Flandes. En una escaramuza, cerca deGroninga, dos
compañías de escopeteros españoles, sorprendidas por unacarga del enemigo,
volvieron la espalda para salvarse. Sólo Pablillospermaneció en su puesto sin hacer el
menor ademán. Al siguiente día lehallaron en el mismo paraje, tendido boca abajo;
había perdido el hablay estaba cubierto de contusiones. Esto le valió la bandera.
Algunosdijeron entonces que el miedo no le había dejado menearse; otros, que
sehabía agazapado bajo la cureña de una culebrina; pero ahora los nuevossoldados le
miraban como a un héroe, y toda la población como a unagloria gaditana. Al
reconocer a Ramiro, le prometió ayudarle en lo quepudiese, y cuando supo su
resolución de entrar en la compañía comosoldado, llevole en persona a comprar lo
que hubiera menester paraembarcarse. Debían zarpar para el Perú a fines de
diciembre.
El día veinticuatro de aquel mes, pasadas las seis de la tarde, tresgruesos galeones
dejaban la bahía, desplegando una a una sus velasnumerosas, que tomaban al pronto
en el crepúsculo vivo tinte de oro y desangre.
En uno de ellos iba Ramiro asomado a la borda, y tendiendo su mirada,
suimaginación y toda su alma hacia la fabulosa esperanza del horizonte.
Las tres farolas de popa se encendieron, y las naves tomaron la ruta deAmérica.
Entretanto, allá en la ribera, hacia la punta de San Felipe, unamuchacha, con los
zapatos despedazados y echada de pechos sobre laúltima roca, miraba, sollozando,
aquellas luces mortecinas, cada vez máspequeñas, cada vez más lejanas; y la marea,
aislando poco a poco elescollo, jugaba con su manto verduzco, apagaba sus lamentos,
se llevabasus lágrimas, y le murmuraba al oído enorme y despiadada canción quereía
con las espumas.
En el Perú, el año de 1605, en la Ciudad de los Reyes.
Es una noche de fines de octubre. La ciudad duerme bajo el brillo de
lasconstelaciones y sus campanarios se levantan, aquí y allá, más obscurosque la
sombra. Luciérnagas y cocuyos enciéndense a millares encima delos huertos y
atraviesan los árboles tenebrosos. El húmedo ambiente estáhenchido de perfumes, y
óyese, como en la quietud de los campos, elconcierto de los grillos y las ranas, sólo
entrecortado por la voz delos serenos o los pasos de algún trasnochador que vuelve de
los garitos.
