Read The Great
Gatsby
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En la parte más elevada, sobresalía el Alcázar bañado en melancólicoreflejo
crepuscular. Ramiro recordó con misteriosa inspiración queaquellos muros habían
alojado a uno de los reyes más gloriosos de lahistoria, a un monarca de monarcas que
acabó por arrojar el cetro y lacorona para refugiarse en escondido monasterio; y, al
pronto, elfantasma del Emperador Carlos Quinto apareció ante sus ojos con elrostro
medio oculto por la capilla de un hábito.
¡Ah! ¡aquel sayal sobre el dueño del mundo...!
El sol se ocultó detrás de los cerros, y la ciudad tomó una coloraciónmustia y
violácea, cual si fuera contemplada al través de transparenteamatista. Algunas
vidrieras que habían flameado un instante se apagaron.Ramiro dejose penetrar por el
sagrado recogimiento, presintiendo unsigno, una voz de lo alto. En ese instante las
campanas de la ciudadrompieron a tocar las oraciones. Los tañidos concertaban a
distancia uncanto prolongado y conmovedor que hacía pensar en las letanías de
lamuerte, y hubiérase dicho que la peña que sustentaba los numerososcampanarios
vibraba a su vez como la caja de un órgano. Ramiro acordosede las campanas de
Avila, de las tardes de su niñez en la torresolariega y de su madre, siempre llorosa,
siempre enlutada, siempretaciturna.
Rezó las avemarías. Estaba redimido, estaba purificado, pero sentía supecho ávido
y triste, como un arroyo sin agua. Quiso entrar en la ermitapara verter al pie del altar
su congoja profunda. Levantose. El suelo ylas rocas oscilaban a su alrededor; su
cuerpo, aligerado, iba adesprenderse, sin duda, de la tierra. De pronto, un fuego, una
inflamadasaeta, venida de lo alto, se le entró por el pecho, sumergiéndoledurante
algunos segundos en un estado delicioso, gozado sólo con elalma.
Luego, todo pasó. Creyó entonces que había sido trasverberado como laMadre
Teresa de Jesús, y que Dios acababa de abajarse hasta él en todosu poder y
misericordia, para hacerle probar un sorbo, apenas, de losgoces que le esperaban
cuando su alma, vencedora del mundo, se entregasepor fin, con soberana pasión, a la
soledad y a la penitencia.
Un instante después regresaba a la ciudad en busca de un convento dondele
cambiaran las ropas de caballero por un sayal de ermitaño.
V
Vestido de áspero buriel y sosteniendo con el bordón, por encima delhombro, la
humilde barjuleta que le aparejaron para el viaje lasreligiosas franciscanas de San
Juan de la Penitencia, marchose Ramiro deToledo, a la mañana siguiente, tomando a
través de los montes ladirección del mediodía.
Llevaba todo el cabello hacia atrás, la frente sin ceño, los ojoshumedecidos.
 

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